Cantando como ‘Chente’ Fernández

Javier Rivera es un experto en ciencia y director del Planetario del Museo de Historia Natural de Santa Bárbara.

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Esta mañana me levanté muy tempranito, después de limpiarme la lagañas y peinarme los 18 cabellos que tengo en la cabeza, me salí a dizque correr un rato.

Como los años no pasan en balde, regresé después de correr una milla que a mí me parecieron 20 y luego, luego me metí a dar un regaderazo o ducha, como dicen por ahí.

No sé ustedes pero yo me siento bastante contento cuando hago ejercicio por las mañanas.

Así que en cuanto me metí a la regadera, empezaron a salir de mi ronco pecho las primeras notas de “Cielito Lindo”.

Luego me seguí con “El Rey” y cuando estaba yo soltando con harta pasión las últimas estrofas de “Paloma Negra”, mi esposita querida me dijo: “mi amorcito, tú sabes que yo te quiero mucho pero, qué bueno que trabajas en el Museo porque de cantante te mueres de hambre”.

¡Chale! Me dije para mis adentros, yo pensaba que estaba cantando como los mismísimos ángeles, pero ella tiene razón, como siempre… todo mundo suena mucho mejor en la regadera que fuera de ella. Y por varias razones.

Para explicar esto, primero debemos entender que el sonido se transmite por medio de ondas.

Además, los sonidos pueden ser agudos, graves o una mezcla de los dos.

Ejemplos de sonidos agudos son el canto de la mayoría de los pajaritos o la alarma de humo que tenemos en las casas.

Graves son la bocina del tren y el rugido de un león.

Por cierto, las ondas graves viajan más lejos que las agudas.

Los trenes y los barcos usan bocinas de sonidos muy graves porque necesitan avisar muy a los lejos que se acercan, porque necesitan mucha distancia para detenerse.

Nuestra voz, no importa si cantamos como ‘Chente’ Fernández o como nuestro compadre ‘Chente’ es una mezcolanza de sonidos agudos y graves, notas agudas o graves; una mezcla de diferentes ondas.

Cuando la mezcolanza de notas es mucha, soltamos gallitos en medio de la canción; pero si la mezcolanza es pequeña, entonces nuestra voz, no importa si es grave o aguda, suena más melodiosa, es decir más bonita.

Lo que realmente afea una voz es la cantidad de notas indeseables que se meten en nuestra voz.

Cuando una persona estudia para cantar, se le enseñan técnicas para mantener las notas buenas y evitar las notas metiches.

En la regadera, para empezar, estamos en un lugar pequeño y cerrado. Las ondas de sonido o las notas de nuestra voz, rebotan en las paredes duras del baño y esto hace que nuestra voz suene más fuerte de lo normal.

Podemos sonar fuerte sin tener que gritar y esto ayuda a que cantemos un poco mejor porque no tenemos que esforzar nuestra garganta.

Al rebotar toda esa mezcolanza de notas, algunas de ellas, las metiches, van desapareciendo, y se van quedando solo las notas buenas y nuestra voz suena más “melodiosa” y un poco más grave porque las ondas agudas viajan menos y algunas desaparecen.

Así, que sonamos mejor cuando nuestra voz no tiene notas que no queremos.

Por último, las paredes del baño producen ecos que suavizan nuestra voz y hacen que suene por un ratito más, quedan sonando en el aire por un poquitito más de tiempo y esto hace que nuestra voz no suene cortada, las notas terminan suavecito en lugar de terminar de repente.

Pero (y este es un gran, gran pero), la persona adentro de la regadera es la única que escucha una mejor voz; para los que están afuera, la voz sigue siendo la misma de siempre.

Él o la que está en la ducha jura que está cantando igual o mejor que ‘El Potrillo’ o “Ale Guzmán” mientras que todos los desafortunados que están afuera de la ducha van a seguir sufriendo nuestros berridos y desaforados gritos.

Pero ahora que lo pienso, la mera verdad no me importa.

Cantamos en la ducha porque queremos y porque sonamos bien.

Los demás, o se aguantan o nos acompañan a cantar en la regadera, he dicho

Javier Rivera es un experto en Astronomía oriundo de México y Director del Planetario del Museo de Historia Natural de Santa Bárbara.

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