Por Carlos Hernández
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La guerra contra Irán no comenzó como una necesidad inevitable de seguridad nacional, sino y según el testimonio de un funcionario de alto mando del propio aparato de seguridad del país puesto por el mismo Trump, como el resultado de una presión política.
Y esa diferencia lo cambia todo, orque una guerra iniciada por cálculo, más bien dicho por intereses y caprichos, no solo es más peligrosa: es moralmente más difícil de justificar y políticamente más costosa de sostener.
Esta semana, Joe Kent, Director del Centro Nacional de Contraterrorismo, al que el mismo Trump colocó, renunció y lo dijo sin rodeos: no podía respaldar el conflicto “en buena conciencia. Irán no representaba una amenaza inminente para Estados Unidos.
Y la guerra empezó debido a la presión de Israel y su poderoso lobby estadounidense”. La Casa Blanca puede negarlo, pero el impacto de esa declaración ya está hecho.
Porque cómo explicar que el funcionario encargado de analizar amenazas afirma que no existía peligro inmediato, ese argumento oficial y barato, de los secuaces de Trump, que se hizo por “defensa” pierde peso y deja al descubierto lo que muchos sospechaban: Washington está pagando una guerra que responde más a la agenda de Benjamin Netanyahu que al interés público estadounidense.
Lo más grave es que la administración Trump actúa como si el costo no importara, cuando el costo ya está aquí.
Una guerra con Irán no se queda “allá”, porque el mercado energético la trae de vuelta nuestros propios bolsillos.
Basta con que el conflicto roce el Estrecho de Ormuz propiedad de Irán, donde pasa a diario más de ¼ de la producción de petróleo del mundo, para que el precio del crudo se dispare por miedo, por especulación y por riesgo.
El resultado es predecible: gasolina más cara, transporte más caro, alimentos más caros y presión inflacionaria que golpea de manera desproporcionada a familias trabajadoras a lo ancho y largo del país.
Mientras Trump hace discursos, el país paga en la bomba, todos vamos a sufrirlo.
A eso se suma un segundo fracaso: el aislamiento.
Trump se queja de que aliados no quieren acompañarlo, pero ¿qué esperaba?
Una guerra iniciada sin consulta, y, peor aún, sin objetivos transparentes, no genera coalición sino que genera distancia.
Europa ya lo dijo abiertamente: no es su guerra y no fue consultada.
El punto no es si los aliados “deberían” ayudar; el punto es que la administración Trump no construyó el terreno político para sostener una operación de esta magnitud.
En política exterior, actuar primero y pedir respaldo después es una receta para terminar solo, resentido y empujando a Estados Unidos a cargar con todo: el riesgo militar, el costo diplomático y la factura económica.
Vaya que líder tenemos por Dios, y eso gracias a tod@s esos fanáticos Magas ingorantes que por maldad o por falta de educación le compraron la retórica barata que sería el salvador de la Economía y la paz mundial.
Es así como el problema de fondo es más incómodo: la obediencia.
Trump presume ser un negociador duro, un líder que no se deja.
Sin embargo, frente a Netanyahu, su postura luce más bien cobarde: cedió a una presión que ahora compromete al país en un conflicto de alcance impredecible.
Esa subordinación no solo erosiona la credibilidad de Estados Unidos; la convierte en una herramienta para una agenda ajena.
Y si la guerra fue impulsada para satisfacer el objetivo político de Netanyahu, entonces Washington no está liderando: está ejecutando.
La tercera dimensión es la que huele peor: el conflicto de intereses.
No se puede pedir sacrificios a la población mientras su entorno familiar se enriquece a diestra y siniestra con la idea de convertir zonas devastadas en “oportunidades” de desarrollo y negocios más turbios que las aguas del Pacifico.
Trump ha asegurado que construirá “el resort más bello y grande” en las costa de Gaza.
Por si fuese poco, Jared Kushner su yerno, ha sido omnipresente en el tablero regional, asociado a relaciones y fondos de inversión de Jeques y Principes del Golfo, en un contexto donde la mezcla de negocios, influencia y diplomacia alimenta sospechas inevitables.
Todo mientras el país se hunde en otra guerra a costa de la ineptitud y malda de Trump, porque hay que decirlo, este pseudo líder lo que menos le importa es el interés y la soberanía estadounidense.
Porque en una democracia, las guerras requieren algo más que valentía teatral: requieren legitimidad, objetivos claros y rendición de cuentas.
Hoy vemos lo contrario: un conflicto lanzado bajo duda, con una justificación cuestionada por el propio director contra el terrorismo, con aliados reacios, con costos económicos crecientes y con la sombra de beneficios privados orbitando alrededor del poder.
Esa combinación es una receta para el desastre.
Estados Unidos no puede seguir aceptando guerras por capricho, ni por presión de terceros, mientras se le pide al público que “confíe” y pague sin preguntar.
Si Irán no era una amenaza inminente, entonces esta guerra no fue defensa: fue decisión.
Y si fue decisión por presión de Netanyahu, entonces es también una confesión de debilidad.
La pregunta final no es si Trump puede iniciar una guerra. La pregunta es por qué el país debería tolerar otra guerra mal planeada, cara y moralmente degradante, que beneficia a agendas externas y a círculos de poder, mientras el ciudadano común vuelve a pagar la cuenta.
