Minnesota se prepara para una protesta masiva contra la campaña migratoria de Trump pese al frío extremo

Por Redacción
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Los organizadores han llamado a residentes a no acudir al trabajo, a la escuela ni a realizar compras como forma de presión económica y social, en lo que describen como la mayor movilización coordinada hasta ahora contra la presencia del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) en el estado. La protesta se produce tras semanas de tensión creciente en las Ciudades Gemelas de Minneapolis y St. Paul, donde se han registrado manifestaciones casi diarias desde la muerte de Renee Good, quien falleció tras ser baleada por un agente de ICE durante un operativo el pasado 7 de enero.


“Realmente queremos que ICE se vaya de Minnesota, y no se van a ir a menos que exista una presión significativa de la comunidad”, afirmó Kate Havelin, integrante de Indivisible Twin Cities, una de las más de 100 organizaciones que participan en la convocatoria. “No deberían estar recorriendo las calles de nuestro país de la manera en que lo hacen ahora”.


Desde el incidente que derivó en la muerte de Good, activistas y residentes han denunciado un aumento visible de la presencia de agentes federales en la zona. En respuesta, grupos comunitarios han organizado patrullajes civiles, han compartido información en redes sociales sobre los movimientos de ICE y han confrontado verbalmente a los agentes en distintos puntos de la ciudad.


La tensión escaló aún más esta semana cuando una reconocida abogada de derechos civiles y al menos otras dos personas fueron arrestadas durante una protesta contra la política migratoria federal que interrumpió una misa en una iglesia de Minnesota. Los arrestos generaron nuevas críticas de líderes religiosos, quienes calificaron las acciones policiales como una violación a los espacios de culto y a la libertad religiosa.


La movilización del viernes incluye una marcha por el centro de Minneapolis, pese a que el Servicio Meteorológico Nacional advirtió que las temperaturas podrían descender hasta entre menos 20 y menos 30 grados Celsius, con sensaciones térmicas aún más peligrosas debido al viento.


Los organizadores han instado a los participantes a tomar precauciones ante el frío, pero compararon la emergencia climática con la situación que, aseguran, vive la comunidad inmigrante.


Más de un centenar de pequeños negocios, en su mayoría cafeterías y restaurantes de las Ciudades Gemelas, anunciaron que no abrirán sus puertas durante la jornada o que donarán parte de sus ingresos a organizaciones comunitarias. Según los organizadores, los comercios pertenecientes a minorías étnicas han sido particularmente afectados por las redadas migratorias, ya que tanto empleados como clientes evitan salir de sus hogares por temor a ser detenidos.


Algunos propietarios han optado por cerrar de manera voluntaria como acto de solidaridad, en lugar de enfrentar la incertidumbre que implica una posible detención de trabajadores durante el horario laboral. “Muchos negocios prefieren una postura clara de apoyo a la comunidad antes que sufrir una interrupción repentina y traumática”, explicó Luis Argueta, integrante del grupo de derechos civiles Unidos MN.


El impacto de las condiciones climáticas también se reflejó en el sistema educativo. La Universidad de Minnesota, que cuenta con cerca de 50.000 estudiantes matriculados, anunció la suspensión de las clases presenciales debido al frío extremo. Los distritos escolares públicos de St. Paul y Minneapolis también informaron cierres, aunque en el caso de Minneapolis la jornada ya estaba destinada a labores administrativas para que los docentes se pusieran al día con registros académicos.


El componente religioso ha cobrado un papel central en la protesta. Representantes de diversas tradiciones —incluidas comunidades budistas, judías, luteranas, musulmanas y cristianas progresistas— anunciaron que participarán en la marcha, además de realizar actos de oración y ayuno en solidaridad con los inmigrantes afectados por las redadas.


El obispo Dwayne Royster, líder de la organización Faith in Action, llegó a Minnesota desde Washington, D.C., para sumarse a la movilización. “Queremos que ICE se vaya de Minnesota”, afirmó Royster. “Y queremos que salga de todas las ciudades del país donde está ejerciendo un poder excesivo”.


Royster señaló que al menos 50 líderes religiosos de su red nacional planeaban unirse a la protesta en Minnesota, mientras que otros realizarían manifestaciones simultáneas de solidaridad en estados como California. Aproximadamente una decena de líderes religiosos viajarían desde Los Ángeles para participar en las acciones del viernes.


La reverenda Jennifer Gutiérrez recordó la experiencia vivida durante una amplia campaña migratoria en Los Ángeles el año pasado, que describió como “profundamente angustiante” para las comunidades afectadas. “Creemos que Dios está del lado de los migrantes”, afirmó.


En contraste, el vicepresidente de Estados Unidos, JD Vance, visitó recientemente Minneapolis para reunirse con funcionarios de ICE y abordar la creciente tensión. Durante su visita, reiteró que, a su juicio, la situación podría aliviarse si existiera una mayor cooperación entre las autoridades estatales, locales y federales. También exhortó a que las protestas se mantengan pacíficas.


No obstante, los organizadores de la movilización sostienen que las acciones de presión continuarán mientras persista lo que describen como una política de aplicación migratoria agresiva y deshumanizante. Para muchos de los participantes, la protesta del viernes no solo busca denunciar la presencia de ICE, sino también visibilizar el impacto económico, social y emocional que las redadas han tenido en comunidades enteras.


Las Ciudades Gemelas han sido escenario de un debate cada vez más polarizado sobre el papel de las autoridades federales en la aplicación de las leyes migratorias, el alcance de la cooperación local con ICE y los límites del poder gubernamental en contextos de crisis humanitaria. En ese clima, la protesta convocada para este viernes se perfila como un punto de inflexión en una confrontación que, según activistas y líderes comunitarios, está lejos de resolverse.