“Voy a llevarte pa PR”: Bad Bunny como símbolo de dignidad y del nuevo imaginario independentista puertorriqueño

Por Redacción
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Benito Antonio Martínez Ocasio, conocido mundialmente como Bad Bunny, será el primer artista en encabezar en solitario el show del Super Bowl sin cantar en inglés, sin haber incluido ciudades del territorio continental estadounidense en su gira actual y con un discurso público que reivindica abiertamente su identidad puertorriqueña y latinoamericana. Su elección ha generado entusiasmo, pero también rechazo, especialmente entre sectores conservadores vinculados al movimiento Make America Great Again (MAGA), que cuestionan su postura frente a la migración y su crítica a las políticas del gobierno federal.


El artista, criado en Vega Baja, Puerto Rico, ha rechazado históricamente suavizar su mensaje para encajar en el mercado anglo. Su música, interpretada íntegramente en español, ha alcanzado audiencias globales sin renunciar a referencias locales, símbolos culturales y una narrativa que conecta la experiencia boricua con procesos más amplios de desigualdad, colonialismo y resistencia.


Para millones de espectadores, el Super Bowl es un espectáculo deportivo. Para otros, la actuación de Bad Bunny se percibe como un acto simbólico: la irrupción de una identidad históricamente marginada en el corazón de la cultura popular estadounidense.


La iconografía que Bad Bunny ha desplegado en la antesala del Super Bowl no es casual. En avances promocionales y publicaciones recientes, el artista aparece usando una pava, sombrero tradicional asociado a los jíbaros puertorriqueños, campesinos que durante décadas fueron retratados como símbolo de pobreza o atraso. Hoy, esa misma prenda se resignifica como emblema de orgullo y pertenencia.


“Durante muchos años, la pava no era algo que se exhibiera con orgullo”, explica José Lee Borges, profesor del Departamento de Humanidades de la Universidad de Puerto Rico en Humacao. “Bad Bunny la convierte en un símbolo de dignidad. Representa a una generación que dejó de avergonzarse de ser puertorriqueña”.


Según Lee Borges, ese cambio cultural no surge de la nada. Identifica al menos tres eventos clave que marcaron a la juventud boricua en la última década: la imposición en 2016 de la ley PROMESA, que profundizó el control fiscal federal sobre la isla; la respuesta del entonces presidente Donald Trump al huracán María en 2017, considerada lenta e insuficiente; y las protestas masivas de 2019 que culminaron con la renuncia del gobernador Ricardo Rosselló.


Bad Bunny participó activamente en esas movilizaciones, junto a figuras como Residente, Ricky Martin y Lin-Manuel Miranda. Desde entonces, su música y su imagen pública han estado estrechamente ligadas a un discurso de afirmación identitaria y cuestionamiento del estatus político de Puerto Rico.


El respaldo explícito del artista al candidato independentista Juan Dalmau en las elecciones de 2024 reforzó esa conexión. Aunque el independentismo sigue siendo minoritario en términos electorales, su crecimiento es notable: Dalmau obtuvo cerca del 30% de los votos, una cifra sin precedentes recientes para ese movimiento.
“Estos procesos llevaron a muchos jóvenes a preguntarse qué significa realmente ser un territorio de Estados Unidos”, sostiene Lee Borges. “La música se convirtió en un canal para expresar esas preguntas”.


Cultura popular, resistencia y tensiones internas


Para el etnomusicólogo Mario Cancel-Bigay, profesor en la Universidad de Nueva York, el impacto de Bad Bunny va más allá de la coyuntura política. “La música crea solidaridades”, explica. “A veces, solidaridades inesperadas”. En su obra, Bad Bunny combina ritmos urbanos con referencias a la música campesina puertorriqueña, integrando elementos del reggaetón con sonidos tradicionales como el cuatro.


Ese cruce ha revitalizado prácticas culturales que durante años permanecieron en los márgenes. Cancel-Bigay, intérprete del cuatro e hijo de puertorriqueños, asegura que el fenómeno Bad Bunny incluso ha incrementado el interés por instrumentos tradicionales en contextos urbanos y académicos.


Sin embargo, la figura del artista no está exenta de críticas. Desde sectores feministas y académicos se cuestiona el contenido de parte de su discografía y, en general, del reggaetón, por reproducir dinámicas de objetivación de la mujer. Para Verónica Ortega, presidenta de la Asociación de Educación Feminista de Guadalajara, el género mantiene un lenguaje que refuerza estereotipos de género, incluso cuando incorpora mensajes identitarios o políticos.


Aun así, Ortega reconoce la importancia simbólica de que un artista latino defienda su idioma y sus raíces en un contexto político hostil hacia la migración y la diversidad cultural. “Lo radical, a veces, es empujar los límites”, señala.


En Vega Baja, el pueblo donde creció Benito Martínez Ocasio, el sentimiento predominante es el orgullo. Vecinos consultados coinciden en que su éxito ha visibilizado una Puerto Rico que rara vez aparece en los grandes escenarios internacionales.


“Necesitamos que el mundo sienta nuestras raíces”, dice Wallysvette Lozano, residente del barrio Almirante Sur. “Que cante en español, que no cambie quién es, eso es lo más hermoso”.


Cuando Bad Bunny interprete su música ante una audiencia de cientos de millones de personas, lo hará en la lengua materna de más de 600 millones en el mundo. Para muchos, ese acto resume su impacto: convertir lo que antes se consideraba marginal en una expresión de grandeza.