La Unión Europea y Mercosur avanzan hacia el mayor acuerdo de libre comercio del mundo bajo la presión de Trump

Por Redacción
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Tras 26 años de negociaciones intermitentes, avances parciales y retrocesos políticos, ambos bloques sellarán un marco comercial que busca derribar barreras arancelarias y redefinir sus relaciones económicas y estratégicas. La firma representa un hito histórico tanto para la UE como para Mercosur, no solo por su alcance económico, sino también por su carga geopolítica en un contexto de creciente fragmentación del comercio global.


El acuerdo deberá superar todavía importantes obstáculos antes de entrar plenamente en vigor. Requiere la ratificación del Parlamento Europeo y de los congresos nacionales de los países miembros de Mercosur —Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay—, además de posibles revisiones judiciales. Sin embargo, para los gobiernos involucrados, el paso que se dará en Asunción simboliza una señal política clara: frente al proteccionismo, la apuesta es por la apertura y el multilateralismo.


El regreso de Trump al poder actuó como catalizador. Su política de aranceles punitivos, su cuestionamiento a los organismos multilaterales y su preferencia por acuerdos bilaterales han alterado el equilibrio del comercio internacional. Para la UE, el pacto con Mercosur es una forma de reducir su dependencia de Estados Unidos y China; para Sudamérica, una vía para diversificar mercados en un entorno cada vez más incierto.


De entrar en vigor, el tratado creará una zona de libre comercio que abarcará a unos 720 millones de personas y representará cerca de una cuarta parte del producto interno bruto mundial. Según los términos negociados, alrededor del 92% de los intercambios comerciales entre ambos bloques quedarán libres de aranceles en un plazo de hasta 15 años, con excepciones y cuotas estrictas en sectores considerados sensibles.


Para Mercosur, el acuerdo abre la puerta a un mayor acceso al mercado europeo para productos agropecuarios y minerales estratégicos, incluidos aquellos clave para la transición energética. Para la UE, representa una oportunidad de aumentar las exportaciones de bienes industriales, tecnología y servicios en una región rica en recursos naturales y con una demanda creciente.


La ceremonia tendrá lugar en el Gran Teatro José Asunción Flores del Banco Central de Paraguay, un espacio cargado de simbolismo. En Asunción se firmó en 1991 el tratado fundacional de Mercosur, y ahora la ciudad vuelve a ser escenario de un momento decisivo para la supervivencia y proyección del bloque sudamericano.


Entre los líderes confirmados figuran el presidente paraguayo Santiago Peña, anfitrión del encuentro; el argentino Javier Milei; el uruguayo Yamandú Orsi; y representantes de países observadores como Bolivia y Panamá. La gran ausencia será la del presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, uno de los principales impulsores del acuerdo en Sudamérica, quien enviará en su lugar al canciller Mauro Vieira tras desacuerdos con el calendario europeo.


Pese al entusiasmo oficial, el acuerdo sigue generando resistencias, especialmente en Europa. Sectores agrícolas de países como Francia y España temen una competencia desleal por la entrada de productos sudamericanos a menor costo. En varias ciudades europeas se han registrado protestas y movilizaciones de agricultores que exigen mayores salvaguardas.


Los negociadores han intentado responder a estas preocupaciones con cuotas limitadas y mecanismos de protección para los sectores más vulnerables. Aun así, el debate promete ser intenso en la Eurocámara, donde el respaldo al acuerdo no está garantizado y dependerá de mayorías ajustadas.


Más allá de los números, el tratado tiene un fuerte componente político. Analistas coinciden en que su valor no reside únicamente en el comercio, sino en la señal que envía sobre el compromiso de ambas regiones con un orden internacional basado en reglas. En un mundo donde las grandes potencias recurren cada vez más a medidas unilaterales, el acuerdo busca reafirmar la vigencia del multilateralismo.


El pacto UE-Mercosur se inscribe en una estrategia más amplia de Bruselas para ampliar alianzas y asegurar el acceso a materias primas críticas. Los países sudamericanos concentran importantes reservas de litio, cobre y otros recursos esenciales para la transición energética europea, un factor que ha pesado en la balanza política del acuerdo.


Desde la perspectiva europea, la región ha ido perdiendo influencia en América Latina frente al avance de China, que se ha convertido en un socio comercial clave y un actor central en proyectos de infraestructura. El acuerdo con Mercosur es visto como un intento de recuperar presencia estratégica en una zona históricamente vinculada a Europa.


Para Sudamérica, el contexto también es complejo. Aunque el acuerdo promete mayores exportaciones, críticos advierten que podría profundizar una estructura económica basada en la venta de materias primas, en detrimento del desarrollo industrial. Algunos expertos sostienen que el tratado reproduce una lógica asimétrica entre el Norte y el Sur, beneficiando más a las economías europeas que a las sudamericanas.


A diferencia de lo ocurrido en Europa, la firma del acuerdo ha generado poco debate público en los países de Mercosur. Los sectores industriales, potencialmente más afectados por la competencia europea, no han protagonizado grandes protestas, ni se han presentado planes claros de reconversión productiva para mitigar impactos negativos.


Otro desafío pendiente será la implementación interna del acuerdo. Los países de Mercosur deberán coordinar cómo distribuir las cuotas de exportación pactadas con la UE en sectores donde todos son altamente competitivos, como la carne y otros productos agrícolas. La falta de consenso podría generar tensiones adicionales dentro del bloque.


Además, el proceso de ratificación podría avanzar de manera desigual. Si el Parlamento Europeo aprueba el tratado antes que los congresos sudamericanos, bastará con que uno de los países de Mercosur lo ratifique para que comience a aplicarse en su territorio. Los países que se retrasen podrían quedar temporalmente al margen, un escenario que pondría a prueba la cohesión del bloque.


Para algunos analistas, el acuerdo representa una oportunidad para revitalizar a Mercosur, que en los últimos años ha sufrido fragmentación política y parálisis institucional. La firma puede servir como punto de encuentro en medio de diferencias ideológicas entre gobiernos, pero no resolverá por sí sola las preguntas de fondo sobre el rumbo y la identidad del bloque.


En el caso europeo, el tratado también plantea interrogantes sobre la coherencia entre la política comercial y los compromisos ambientales y sociales de la UE. Organizaciones civiles han expresado preocupación por el impacto del aumento de exportaciones agropecuarias en la deforestación y el cambio climático, especialmente en países como Brasil.


Los defensores del acuerdo argumentan que el texto incluye cláusulas de sostenibilidad y mecanismos de diálogo que permitirán abordar estos problemas. Sus críticos, en cambio, dudan de la capacidad real de hacer cumplir esos compromisos una vez que el tratado esté en vigor.


Aun con estas tensiones, la firma en Asunción marca un punto de inflexión. En un mundo sacudido por guerras comerciales, rivalidades geopolíticas y el debilitamiento de las normas multilaterales, la UE y Mercosur apuestan por una integración que llevaba décadas esperando su momento.


El camino por delante será largo y accidentado, pero para ambos bloques el mensaje es claro: frente al repliegue y la confrontación, la respuesta es ampliar alianzas y mantener abiertos los canales del comercio internacional.