Por Redacción
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En medio de un cambio drástico en las dinámicas migratorias entre Estados Unidos y México, el reverendo Brian Strassburger ha transformado su labor pastoral para acompañar a migrantes en una nueva realidad marcada por menos cruces fronterizos, pero más detenciones y deportaciones.
Durante los últimos cinco años, el sacerdote jesuita ha pasado de celebrar misa en albergues saturados de solicitantes de asilo a oficiar servicios religiosos dentro de centros de detención y refugios para personas deportadas. Su trabajo, dice, sigue guiado por un principio fundamental: acompañar a quienes atraviesan momentos de profundo sufrimiento.
“El camino, ya sea hacia el norte o hacia el sur, implica mucho dolor”, ha señalado Strassburger en diversas ocasiones. “Pero también es un espacio donde la fe puede sostener a las personas”.
Desde 2021, Strassburger dirige el ministerio Del Camino Jesuit Border Ministries, una iniciativa que reúne a un pequeño grupo de sacerdotes dedicados a brindar apoyo espiritual a migrantes en ambos lados de la frontera.
Menos cruces, más deportaciones y nuevas realidades
El panorama migratorio en la frontera sur de Estados Unidos ha cambiado de manera significativa en los últimos años. Tras un periodo de flujos récord, las cifras de cruces han disminuido considerablemente bajo la administración del presidente Donald Trump, quien declaró una emergencia nacional en la frontera al inicio de su segundo mandato.
Entre mayo de 2023 y enero de 2025, cerca de 2,5 millones de personas cruzaron la frontera o ingresaron mediante mecanismos humanitarios implementados tras el levantamiento de restricciones por la pandemia de COVID-19 durante el gobierno de Joe Biden. Sin embargo, las políticas posteriores han endurecido el acceso al asilo y reducido drásticamente el número de personas que logran ingresar al país.
En años anteriores, miles de migrantes se concentraban diariamente en ciudades fronterizas como McAllen y Reynosa, donde vivían en condiciones precarias mientras esperaban una oportunidad para cruzar. Hoy, esos escenarios han cambiado.
Strassburger recuerda haber celebrado misa en refugios abarrotados y campamentos improvisados. En uno de esos momentos, tras la cancelación de citas migratorias programadas mediante aplicaciones digitales, muchos migrantes expresaron desesperación.
Sin embargo, una mujer —a quien el sacerdote identifica como Sandra— ofreció una perspectiva distinta. “Lo último que se pierde es la esperanza”, dijo, una frase que, según Strassburger, marcó profundamente su visión del trabajo pastoral.
Ese tipo de testimonios, explica, le han permitido encontrar sentido en medio de las dificultades. “Si alguien puede mantener la esperanza en ese momento, entonces nosotros también debemos hacerlo”, reflexiona.
El camino de Strassburger hacia el sacerdocio no fue inmediato. Criado en Colorado, inicialmente imaginaba una vida como maestro y entrenador en una escuela secundaria. Sin embargo, su experiencia como voluntario, incluyendo trabajo con pacientes de sida en África, lo llevó a reconsiderar su vocación.
Ingresó al noviciado jesuita en 2011 y posteriormente fue enviado a Nicaragua, donde aprendió español y desarrolló habilidades clave para su futuro ministerio. Más tarde, participó en iniciativas en la frontera, donde descubrió su llamado a servir en contextos migratorios.
Tras su ordenación, fue asignado al Valle del Río Grande con una misión abierta: observar la realidad y responder a ella. Esa directriz, dice, ha guiado su trabajo desde entonces.
“El llamado era claro: estar donde más se necesita, en los márgenes”, ha señalado.
Acompañamiento en centros de detención y albergues
Con el endurecimiento de las políticas migratorias, la labor de Strassburger se ha trasladado en gran medida a centros de detención en Texas y albergues en México, incluyendo instalaciones en Matamoros.
En estos espacios, el sacerdote celebra misas, escucha confesiones y ofrece acompañamiento espiritual a personas que enfrentan procesos de deportación, muchas veces después de años o décadas viviendo en Estados Unidos.
Uno de los casos que recuerda es el de una mujer que fue detenida tras casi tres décadas en el país. Madre de seis hijos ciudadanos estadounidenses, fue arrestada durante una cita en un tribunal de inmigración.
Según relata Strassburger, la mujer cuestionaba su decisión de intentar regularizar su estatus. “Se preguntaba si habría sido mejor no presentarse ese día”, explicó.
Historias como esa reflejan la complejidad humana detrás de las políticas migratorias. Para muchos deportados, el regreso a sus países de origen implica empezar de cero en lugares que apenas recuerdan.
Es el caso de William Cuellar, quien fue deportado a México tras haber llegado a Estados Unidos siendo niño. Ahora reside en un albergue en Matamoros, desde donde mantiene contacto con su familia en el otro lado de la frontera.
Cuellar describe su relación con el sacerdote más como una amistad que como una interacción formal. “Me escucha”, afirma, destacando la importancia de tener a alguien con quien comunicarse en inglés y compartir su experiencia.
Fe, empatía y resiliencia en tiempos de crisis
Además de los servicios religiosos, el acompañamiento emocional se ha convertido en un elemento central del trabajo de Strassburger y su equipo. La hermana Carmen Ramírez, quien dirige un albergue en Reynosa, subraya el impacto de esta presencia.
“Ellos traen esperanza a la gente”, señala. “Ofrecen una mirada de empatía y compasión que es fundamental en estos contextos”.
El albergue que dirige acoge actualmente a unas dos docenas de personas, en su mayoría de Honduras y México, aunque también recibe familias de Haití. Durante las visitas de los jesuitas, decenas de personas adicionales se reúnen para participar en misas y actividades comunitarias.
Ramírez describe la conexión de Strassburger con los niños como especialmente significativa. “Se relaciona con ellos de una manera muy natural. Es una presencia que transmite cercanía”, afirma.
Para el sacerdote, ese contacto directo es la esencia de su misión. Más allá de las estructuras institucionales o los cambios en las políticas, su enfoque sigue siendo el mismo: estar presente, escuchar y acompañar.
La experiencia de Strassburger ilustra cómo las dinámicas migratorias en la frontera entre Estados Unidos y México continúan evolucionando, impulsadas por decisiones políticas, factores económicos y crisis humanitarias.
Aunque la disminución en los cruces puede interpretarse como un éxito desde ciertas perspectivas políticas, el aumento de deportaciones y detenciones plantea nuevos desafíos para quienes trabajan en el terreno.
Organizaciones religiosas y humanitarias han tenido que adaptarse rápidamente a estos cambios, redirigiendo recursos y redefiniendo sus estrategias de apoyo.
En este contexto, la labor de acompañamiento espiritual adquiere una relevancia particular. Para muchas personas migrantes, enfrentadas a la incertidumbre, la separación familiar y el desarraigo, la fe se convierte en un elemento clave de resiliencia.
Strassburger insiste en que su misión no depende de cifras ni políticas específicas.
“Nuestra tarea es estar ahí, sin importar si las personas van hacia el norte o regresan al sur”, señala.
A medida que continúan los debates sobre inmigración en Estados Unidos, historias como la suya ofrecen una mirada humana a una realidad compleja, recordando que detrás de cada estadística hay vidas marcadas por la búsqueda de seguridad, dignidad y esperanza.
