El operativo migratorio más grande en Minneapolis siembra miedo y desata protestas

Por Redacción
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Cientos de agentes federales con equipo táctico se movilizan cada día en camionetas SUV, pick-ups y minivanes, recorriendo vecindarios en busca de personas con órdenes de detención migratoria.


A lo largo del día, residentes y activistas presencian escenas de tensión y miedo, especialmente en comunidades latinas, somalíes y de inmigrantes de bajos recursos.
Para much@s, el operativo ha transformado la rutina diaria en una vigilancia constante.


En contraste, los barrios más acomodados y de mayoría blanca apenas han notado la operación.


En esos lugares, los convoyes y los enfrentamientos son poco comunes, pero en las zonas históricamente habitadas por inmigrantes, el ambiente ha cambiado drásticamente.


La operación, que involucra a más de 2,000 oficiales federales, ha provocado protestas diarias, choques con las autoridades y un aumento del miedo entre las familias migrantes.


Las manifestaciones frente al complejo federal, donde se encuentra la corte migratoria, comienzan desde temprano.


Decenas de activistas desafían el frío para gritar consignas como “¡Fuera ICE!” o “¡Lárguense de aquí!” al paso de los convoyes.


Al caer la noche, las tensiones escalan. Algunas protestas han terminado con el uso de gases lacrimógenos y granadas aturdidoras por parte de los agentes, y con arrestos de manifestantes.


Según el alcalde de Minneapolis, Jacob Frey, la ciudad enfrenta un despliegue desproporcionado.


“No usamos la palabra ‘invasión’ a la ligera. Estamos viendo cómo miles de agentes federales entran a nuestra ciudad, cuando nosotros solo tenemos 600 oficiales locales”, dijo el Alcalde.


En ciudades más grandes como Los Ángeles o Chicago, un operativo así se dispersa, pero en Minneapolis, donde cruzar la ciudad toma 15 minutos, la presencia se siente con fuerza en cada rincón.


El impacto social es visible, much@s niñ@s han dejado de asistir a clases presenciales.


Algunas familias optan por no salir de casa, ni siquiera para asistir a servicios religiosos.


Negocios en barrios latinos y somalíes han cerrado temporalmente o han cambiado sus formas de operar para proteger a su clientela.


En Lake Street, una histórica avenida de inmigrantes que alguna vez recibió a recién llegados de Noruega y Suecia, hoy se ven más vigilantes comunitarios que transeúntes.


Activistas con silbatos están atentos para alertar a los vecinos ante cualquier presencia de ICE.


En lugares como La Michoacana Purepecha, los empleados solo permiten la entrada de clientes de uno en uno, con la puerta cerrada con seguro.


A unas cuadras, en Taquería Los Ocampo, un cartel en inglés y español informa que el restaurante está cerrado debido a “las condiciones actuales”.


En el centro comercial Karmel Mall, donde la comunidad somalí suele hacer compras y trámites, carteles pegados en las puertas advierten:
“El ICE no puede entrar sin orden judicial”.


Este operativo ha creado un ambiente de miedo constante y ha revivido recuerdos dolorosos en muchas familias que han experimentado detenciones o deportaciones en el pasado.


Aunque la administración Trump justifica la operación como una medida para reforzar la seguridad y aplicar la ley migratoria, líderes locales y organizaciones civiles la denuncian como un acto de intimidación que viola los derechos de las comunidades inmigrantes.


El ambiente en Minneapolis refleja las tensiones migratorias a nivel nacional, con políticas cada vez más severas y divisivas. Mientras tanto, familias trabajadoras, muchas con años o décadas en el país, enfrentan la incertidumbre de cada nuevo día, preguntándose si será el último juntos.