“Michael”: el brillo impecable de una leyenda incompleta


La película biográfica sobre Michael Jackson deslumbra cuando se entrega a la música, pero pierde fuerza al esquivar las zonas más oscuras de una figura marcada por el genio, la fama y la controversia.


Por Carlos Hernández
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Pero basta mirar un poco más de cerca para descubrir que ese resplandor también sirve para cubrir grietas, de una historia que para algunos tuvo un lado oscuro.
La película, autorizada por el patrimonio de Jackson y producida con participación de sus representantes, ofrece una versión cuidadosamente controlada del llamado Rey del Pop.


Esa condición marca cada decisión dramática, cada silencio y cada elipsis, porque “Michael” no es tanto una exploración completa de un artista contradictorio como una restauración emocional de su mito.


Fuqua, conocido por filmes de pulso muscular como “Training Day” y “The Equalizer”, se acerca aquí a Jackson con reverencia.


Su cámara no interroga demasiado; contempla, y lo sigue como quien observa a un santo pop desde el fondo de una iglesia eléctrica, entre flashes, sudor, humo de escenario y multitudes que gritan hasta perder la voz.


El problema es que Michael Jackson no fue sólo un santo de la música.


Fue también una figura profundamente compleja, rodeada por denuncias, juicios, traumas y posiblemente abusos familiares, obsesiones estéticas, soledad extrema y una relación con la infancia que sigue dividiendo al público.


La película decide pasar por encima de buena parte de esa historia, y es que no la enfrenta, ni siquiera con verdadera incomodidad.


Simplemente como haría el mismo Michael ante miles y sobre un escenario, el director hace un moonwalk hacia otra dirección.


Ese gesto define la experiencia de ver “Michael”: cuando suena la música, la cinta se eleva; cuando llega el momento de mirar al abismo, baja la mirada.


El guion de John Logan estructura la historia como un drama entre padre e hijo.


En los primeros pasajes, ambientados en Gary, Indiana, Joe Jackson aparece como una fuerza disciplinaria y brutal, interpretado con autoridad por Colman Domingo.
Su presencia pesa como una puerta cerrada en una casa sin aire.


Es el padre que descubre talento, pero lo cultiva con miedo; el hombre que empuja a sus hij@s al escenario mientras deja cicatrices invisibles.


Juliano Krue Valdi, quien interpreta al joven Michael, entrega uno de los momentos más sólidos de la cinta.


En sus ojos hay inocencia, ambición y terror, como cuando canta “Who’s Lovin’ You” en el estudio, Fuqua acierta al silenciar el mundo exterior.


La cámara entra en la cabina, deja atrás las órdenes del padre y los comentarios de los productores, y nos permite escuchar sólo la voz del niño.


En ese instante, la película encuentra su verdad más pura: antes del espectáculo, antes del mito, antes de las cirugías, los escándalos y las mansiones, hubo una voz… y esa voz es el corazón de “Michael”.


La cinta recorre la etapa de los Jackson 5, el ascenso de “Off the Wall” y la explosión cultural de “Thriller”.


Lo hace con el modelo clásico de la biopic musical: infancia difícil, talento precoz, ruptura con el controlador familiar, consolidación artística, triunfo mundial y secuencias de conciertos diseñadas para levantar al público de la butaca.


Es una fórmula conocida, cercana a la de “Elvis”, donde la lucha del artista contra una figura paternal o administrativa dominante sirve como columna vertebral narrativa.


Aquí, el villano íntimo es Joe Jackson; el héroe trágico es Michael; y el escenario, más que un lugar físico, se convierte en su único territorio de libertad.


Jaafar Jackson, sobrino del cantante, interpreta al Michael adulto con una precisión que por momentos resulta inquietante.


No se limita a imitar pasos y gestos.


Reproduce la fragilidad, la dulzura, la voz suave, esa manera de habitar el mundo como si cada habitación fuera demasiado ruidosa y cada mirada demasiado pesada.
Sus secuencias musicales son el gran argumento de la película. La coreografía, el diseño sonoro, la iluminación y el trabajo corporal reconstruyen con eficacia la electricidad de un artista en la cima.


Cuando aparece “Billie Jean”, cuando el cuerpo se inclina contra la gravedad y el guante parece encenderse con luz propia, es difícil no rendirse.


“Michael” entiende el poder casi religioso del espectáculo pop. Sabe que una canción puede suspender la memoria y que un ritmo puede abrir una puerta hacia una época más simple, o al menos hacia la ilusión de que lo fue, pero ahí está también su mayor riesgo.


La película no sólo celebra la nostalgia; depende de ella. Invita al espectador a recordar al Michael que cambió MTV, rompió barreras raciales, convirtió el videoclip en arte mayor y transformó los conciertos en ceremonias multitudinarias.


Ese Michael existió, su impacto cultural es indiscutible.


Su genio escénico no necesita defensa, pero la película insiste tanto en preservar esa imagen que termina pareciendo más una defensa que una biografía.


Las acusaciones de abuso sexual infantil, el reconocimiento público de Jackson de haber compartido cama con niños y el peso que esos hechos tuvieron en su legado quedan fuera del relato central.


Jackson siempre mantuvo su inocencia y fue absuelto en su único juicio penal, en 2005, pero una película seria sobre su vida no puede fingir que esas sombras no forman parte de la conversación pública.


“Michael” lo hace.


Y ese silencio tiene consecuencias artísticas, porque el cine biográfico no está obligado a condenar ni absolver, pero sí a mirar.


Una buena biopic no debe ser un expediente judicial, pero tampoco un altar, debe encontrar tensión entre el ser humano y el ícono, entre la música y el costo de producirla, entre la adoración pública y la destrucción privada.


Fuqua elige el mito.


Katherine Jackson, interpretada por Nia Long, aparece casi como una figura santa. John Branca, coejecutor del patrimonio de Jackson y productor de la película, es presentado como aliado heroico.


Las rarezas del cantante, los juguetes, Bubbles el chimpancé, la obsesión por la perfección, las primeras cirugías cosméticas, son tratadas con una mezcla de ternura y resignación familiar, como excentricidades de un genio niño atrapado en el cuerpo de una superestrella.


El contraste es fascinante y frustrante. Visualmente, la película está llena de brillo; moralmente, parece caminar con los ojos vendados.


Su montaje avanza con seguridad, sus escenas musicales respiran con fuerza, pero su arquitectura dramática evita las habitaciones más oscuras de la casa.
Aun así, sería injusto negar su capacidad de conmover.


Cuando “Michael” se concentra en la música, encuentra momentos de auténtica belleza.


Hay algo profundamente emotivo en ver a las multitudes rendidas ante “Man in the Mirror” o “Human Nature”, en recordar una época en que el pop parecía capaz de unir estadios enteros bajo una misma respiración.


Ese es el hechizo de la película: nos permite volver a creer, aunque sea por unos minutos, en el Michael Jackson que parecía hecho de luz, ritmo y soledad.
“Michael” es una película técnicamente sólida, musicalmente vibrante y emocionalmente efectiva.


También es una obra incompleta, demasiado cómoda con la versión autorizada de una vida que nunca fue cómoda.


Su mayor logro es recordarnos por qué Jackson fue amado por millones, pero su mayor falla es pedirnos que olvidemos demasiado para poder amarlo sin conflicto.
Como espectáculo, deslumbra, pero como biografía, se queda corta.