Por Carlos Hernández
Editor@latinocc.com
Hay películas que se ven, otras que se entienden, y unas pocas que se sienten como un eco que viene de adentro.
Sirāt, la última apuesta de España rumbo al Óscar, es de esas que no se explican fácilmente con palabras porque están hechas con los materiales con que se tejen los sueños más salvajes y las pesadillas más bellas: polvo, ritmo, dolor y esperanza.
En una geografía que no tiene nombre pero huele a Marruecos y se desangra como tantos rincones de este mundo, Luis, un padre curtido por el sol y la ausencia, camina junto a su hijo de 12 años y una perra fiel para buscar a su hija desaparecida.
No hay mapas, solo el rumor de que ella podría estar viva, y vaya que con eso basta.
El director gallego Oliver Laxe ha levantado aquí una odisea moderna que cruza la furia tribal de Mad Max con la cadencia espiritual de una rave noventera.

En este mundo distópico, donde las carreteras matan y el agua es un lujo, los jóvenes nómadas no llevan banderas, sino parlantes.
No disparan, pero hacen temblar la tierra con bajos profundos.
Son los nuevos peregrinos de la electrónica: hippies punk, danzantes del fin del mundo.
Pero Sirāt no es una película futurista, sino un espejo de nuestro presente, de la migración global que millones de personas realizan exponiendo sus vidas.
Los ecos de los desaparecidos resuenan fuerte en este continente, en México, en Centroamérica, en todos esos lugares donde las madres y los padres caminan solas, solos, buscando con las uñas lo que el Estado no se atreve ni a mirar.
“La desaparición es peor que la muerte. Es una muerte eterna”, dice Sergi López, quien encarna a Luis con la entereza de un hombre quebrado que no se deja caer.
Y es que este filme, galardonado en Cannes y nominado al Óscar en las categorías de Mejor Película Internacional y Mejor Sonido, no camina, sino que levita, porque es conmovedora, cruda pero sutil, reveladora pero discreta, en fin es una obra de arte de historias contemporáneas.
Tiene el cuerpo cubierto de arena y el corazón encendido por el amor.
Se mueve entre ruinas y desiertos como una oración muda, con secuencias que parecen sacadas de un sueño febril: una fiesta interminable bajo las estrellas, un convoy que cruza un cráter, una danza entre máquinas y cuerpos que se resisten a morir.
El joven Bruno Núñez Arjona, como Esteban, no actúa: respira, duda, pregunta.
Es el niño que todos fuimos alguna vez, el que confía en su padre incluso cuando este camina sin rumbo.
La relación entre ellos se cuece a fuego lento, entre miradas y silencios, como en esos momentos de la vida en que el amor no necesita explicación.
Y en medio de todo, Lupita y Pipa, dos perras callejeras convertidas en símbolos de ternura y fidelidad, se llevan la Palm Dog del Festival como quien no quiere la cosa.
Pero su presencia es esencial: recuerdan que en los viajes del alma, hasta los animales nos sostienen.
Filmada entre el desierto marroquí y las tierras áridas de Teruel, Sirāt es más que una película: es un camino, como su nombre en árabe lo indica.
Un camino sin GPS, sin destino fijo, pero con una brújula espiritual que apunta siempre hacia adentro.
La belleza de esta película no está solo en su estética apocalíptica, ni en su ritmo que pulsa como un corazón cansado pero terco.
Está en su capacidad de hablar del dolor sin morbo, del amor sin cursilería, y de la esperanza como un acto de resistencia.
Como si Laxe nos recordara que la única salida es seguir andando, aunque sea entre ruinas, aunque sea en silencio, aunque no sepamos si vamos a encontrar lo que buscamos.
Laxe no pretende dar respuestas, sino provocar preguntas: ¿qué harías tú si tu hija desapareciera? ¿Hasta dónde caminarías? ¿Qué tanto podrías resistir?
Como dijo López, el filme propone “mirar hacia dentro”.
Y ahí está su poder, porque en una época de ruido, esta cinta se atreve a ser un susurro.
Uno que se queda vibrando en el pecho mucho después de que la pantalla se apague.
Sirāt no se ve. Se transita. Se sobrevive.
Y si se tiene suerte, se recuerda cómo se recuerda a los amores perdidos: con dolor, pero también con gratitud.
