Por Carlos Hernández
Editor@latinocc.com
Durante casi un siglo, Estados Unidos fue considerado el ejemplo global de una democracia liberal que respetaba el Estado de derecho, la separación de poderes y los mecanismos internacionales de cooperación.
Hoy esa imagen está en entredicho.
Y es que en menos de un año del inicio de su segundo mandato, Donald Trump ha impulsado decisiones que han alterado de forma profunda la política interna y la proyección global del país, como nunca antes se había dado y con consecuencias que podrían tardar décadas en revertirse.
Las acciones de Trump, desde intervenciones militares sin consultas amplias hasta amenazas económicas contra aliados históricos, han generado una ola de incertidumbre diplomática, un debilitamiento de las instituciones internas y una percepción internacional de imprevisibilidad.
Analistas y expertos, como Luis Montes, sostienen que la volatilidad de este liderazgo representa no solo un riesgo para la democracia estadounidense, sino una amenaza para el orden internacional que Estados Unidos ayudó a construir tras la Segunda Guerra Mundial.
Un giro radical: de protector de la democracia a actor impredecible
Desde el primer día de su actúal mandato, Trump comenzó con una serie de decisiones que han sacudido los pilares del Estado de derecho y la política exterior estadounidense.
El punto de inflexión más evidente para muchos observadores fue la operación militar que resultó en la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro.
Según Montes, quien tiene más de 20 años en el mundo de la política al ser Jefe de Gabinete de Asambleístas en Nueva York y ahora con una consultoría política, la operación fue “un éxito militar”, pero, advirtió, “cruzó líneas que históricamente Estados Unidos respetó como inviolables”.
Y es que para el experto con estudios en política internacional en China, aunque Washington y varios países europeos no reconocían la legitimidad de Maduro tras unas elecciones ampliamente cuestionadas, su captura por fuerzas estadounidenses en territorio venezolano representa una violación del principio de soberanía nacional que ha sido la base de las relaciones internacionales desde mediados del siglo XX.
Montes explicó que “un país que se presenta como defensor del Estado de derecho no puede intervenir de esta forma sin respaldo multilateral claro. Eso socava su credibilidad”.
El problema deriva, como lo mencionó el Presidente de la minoría demócrata en el Cogreso, Hakeem Jefrries, la intervención en Venezuela fue ejecutada sin un mandato claro del Congreso de Estados Unidos, ni autorización de organismos internacionales como la ONU.
Es así como el operativo relámpago realizado en la madrugada de un sábado, solo ha generado criticas diplomáticas generalizadas, sino que ha renovado temores sobre el uso unilateral de la fuerza por parte de Washington.
Sofía González, residente de Ventura y quien llegó de Venezuela hace casi cinco años, explica cómo tiene una sensación agridulce del arresto de Maduro.
“Por una parte estoy contenta porque sacaron a alguien que había dañado mucho a mi país, pero por otra parte siento que no era la forma de hacerlo. Siento que se violo la soberanía del país, y que a Trump no le importa el pueblo venezolano sino sólo nuestro petróleo y recursos naturales”.
González se refiere al hecho que la ex Vicepresidenta, Delcy Rodríguez, es la elegida por Trump para ser de manera permanente la Presidenta de la nación Sudamericana.
“Si veníamos de Maduro y se deja a su mano derecha al mando del país, entonces seguimos en lo mismo, esto sólo muestra que Trump quiere hacer rico a sus socios y a los del Medio Oriente a costa de nuestros recursos naturales, entonces de nada vale que haya arrestado a Maduro”, afirma tajantemente.
Groenlandia: una crisis transatlántica sin precedentes

Y es que si la operación en Venezuela fue controversial, las tensiones creadas en la última semana alrededor de Groenlandia, han sido históricas en las relaciones transatlánticas.
Groenlandia, territorio autónomo dentro del Reino de Dinamarca, se ha visto envuelta en una disputa diplomática que pocos hubieran imaginado hace un año.
Hace diez meses, lo que dijo en tono de broma Trump que quería hacerse con Groenlandia, argumentando motivos estratégicos relacionados con la seguridad en el Ártico, es ahora todo un objetivo para él y una fracción de Congresistas y Senadores republican@s,
La respuesta europea fue inmediata.
Varios países miembros de la OTAN, incluidos Alemania, Francia, Noruega, Dinamarca y el Reino Unido, enviaron tropas a Groenlandia el viernes pasado, en un despliegue sin precedentes, como gesto de apoyo al territorio y a la soberanía danesa.
Este tipo de acción colectiva entre aliados es inusual fuera de contextos de conflicto armado directo, y podría ser alarmante porque marca la primera vez que fuerzas europeas se despliegan coordinadamente en Groenlandia en defensa de su soberanía.
Sin embargo, si alguien pensó que Trump se dentendría ante la posición del bloque de aliados de Europa Occidental, estaba equivocad@.
En redes sociales, Trump anunció la imposición de aranceles del 10% sobre bienes de ocho países europeos; Dinamarca, Noruega, Suecia, Francia, Alemania, Reino Unido, Países Bajos y Finlandia: como castigo por oponerse a su intento de control de Groenlandia, con una amenaza de aumentar esa tarifa al 25 % si no se llega a un acuerdo.
La Unión Europea respondió con firmeza: desde Bruselas se advirtió que se usarían herramientas como el Instrumento Anti-Coacción para sancionar a quienes ejercieran presiones indebidas sobre los Estados miembros.
“Europa no será extorsionada”, declaró el Canciller alemán, en rechazo a las amenazas comerciales y geopolíticas.
Esta frase no solo resume la postura europea, sino que también subraya un punto crítico: una alianza de más de 75 años está bajo tensión, y Estados Unidos, tradicional guardián de la seguridad occidental, aparece ahora como un socio impredecible, como lo recalca Montes.
Erosión del Estado de derecho interno
En su análisis con El Latino, Montes subrayó que el problema de fondo no es una política exterior errática aislada, sino una erosión sistemática del Estado de derecho dentro de Estados Unidos.
“El verdadero peligro no es solo Trump, sino que sus decisiones se están normalizando”, explicó el experto.
“Cuando un presidente actúa como si el Congreso fuera irrelevante, como si la justicia estuviera subordinada al poder ejecutivo, o como si los tratados internacionales pudieran ignorarse, el resultado es una democracia debilitada”, aseveró el experto de origen salvadoreño.
Y es que Montes asegura que Trump ha ignorado órdenes judiciales, ha promovido investigaciones judiciales sobre oponentes políticos y ha utilizado impuestos como herramienta coercitiva incluso contra aliados.
El experto de origen salvadoreño da como ejemplos la instrumentalización del Departamento de Justicia para perseguir a figuras políticas como Adam Schiff, Letitia James y Mark Kelly.
“Este uso del poder”, dijo, “corroe la legitimidad de las instituciones que deberían funcionar como contrapesos al Ejecutivo”.
Montes alerta que esta cultura de impunidad no solo daña la percepción internacional del país, sino que también pone en riesgo la confianza interna de l@s ciudadan@s en sus instituciones.
De la excepción al modelo caudillista

Una de las comparaciones más duras que Montes hizo fue entre la situación actual de Estados Unidos y los regímenes autoritarios de América Latina.
“Cuando la gente pierde la fe en la democracia, surge el caudillismo. Líderes que no tienen una ideología clara, sino que se rigen por intereses personales, como Trump”, dijo.
Y es que históricamente en los últimos 125 años, en muchos países latinoamericanos, el debilitamiento de las instituciones y la pérdida de confianza en el proceso político han llevado a la concentración de poder en figuras que actúan sin controles efectivos.
Montes advierte que una dinámica similar se está dando en Estados Unidos: con un Congreso y un Senado parcialmente alineados con el Ejecutivo, una Corte Suprema percibida como politizada y un presidente que actúa con creciente impunidad, las bases del sistema democrático se erosionan.
Precisamente, Adrián Morales, residente de Santa Barbara, explica cómo él y muchos de sus amigos y familiares, han perdido la confianza en el respeto a la ley de una manera neutral y objetiva, que es una de las razones de haber llegado a Estados Unidos.
“Dejamos Honduras porque la impunidad y la corrupción han destruido al país, y buscamos un futuro mejor en un país donde no esto no pasara, pero ahora todos los días siempre hay una noticia que Trump o su gabinete abusan de la ley o no la respetan, como lo que pasa en Honduras. Es una pena, pero sobre todo algo alarmante”.
Credibilidad global en declive
El impacto de estas políticas no se limita al ámbito militar o diplomático; también ha dañado lo que solía ser la autoridad moral de Estados Unidos.
Durante décadas, Washington lideró iniciativas multilaterales en salud, medio ambiente, derechos humanos y seguridad global.
La retirada del país de organismos como la Organización Mundial de la Salud (OMS) y su ausencia en las conferencias climáticas de la ONU, como la COP30, han reducido su capacidad de influencia.
“Si Estados Unidos puede traicionar a sus aliados más cercanos en Europa, su confiabilidad ante el resto del mundo queda automáticamente en duda. ¿Qué puede esperar un país como Senegal o Bangladesh si Washington decide unilateralmente abandonar un tratado o cambiar de postura mañana?”, indicó Montes.
La percepción de que Estados Unidos ya no es un socio constante ni un defensor firme de la democracia ni de la cooperación internacional ha llevado a otros países a reconsiderar sus alianzas estratégicas.
Por su parte, el Primer Ministro belga, Bart De Wever, afirmó que con las provocaciones de Trump respecto a Groenlandia, se han cruzado «demasiadas líneas rojas» en Europa.
«Ser un vasallo contento es una cosa. Ser un esclavo miserable es otra muy distinta. Si cedemos ahora, perderemos nuestra dignidad», declaró durante un panel de debate en Davos sobre la redefinición del papel de Europa en el mundo.
Esta pérdida de confianza global podría tener consecuencias trascendentales en décadas venideras, afectando no solo la política exterior, sino también la seguridad económica y militar.
El precio a pagar
“Nos tomó más de 70 años construir la credibilidad global de Estados Unidos. Incluso con optimismo absoluto, revertir este daño llevará al menos una generación. No es algo que se pueda reconstruir con un cambio de administración o una política aislada”, señaló.
De acuerdo al experto, la reconstrucción del Estado de derecho interno también es un proceso largo.
La recuperación de la confianza en las instituciones, la restauración de contrapesos efectivos entre los poderes y la reafirmación de normas legales sobre decisiones personales del presidente requerirán esfuerzos sostenidos por parte de actores políticos de ambos lados del espectro, así como un compromiso renovado de la sociedad civil.
El impacto económico y social

Además de las consecuencias políticas y diplomáticas, las políticas de Trump también tienen efectos tangibles en la economía interna y en la vida de los ciudadan@s.
Los aranceles impuestos a países europeos no solo generan represalias comerciales, sino que aumentan los costos para los consumidores estadounidenses, que asumen la carga total de los impuestos indirectos en productos importados.
Montes destaca que estos aranceles son, en última instancia, un impuesto al consumidor.
“Las empresas no absorben estos costos, ninguna compañía se abre para perder dinero, lo trasladan directamente a la gente. Eso impacta la inflación, el poder adquisitivo y, en última instancia, la economía familiar.”, recalca.
A nivel social, el deterioro de la institucionalidad y la polarización extrema también están generando un aumento en la emigración potencial.
Aunque Estados Unidos sigue siendo un destino atractivo para inmigrantes de todo el mundo, un número creciente de ciudadan@s estadounidenses también considera emigrar debido a preocupaciones políticas y económicas.
Montes señaló que las opciones de emigración tampoco son sencillas: Europa enfrenta desafíos demográficos y regulaciones restrictivas, y Canadá tiene un sistema migratorio más competitivo.
A pesar de ello, la sola idea de emigrar refleja el nivel de inquietud que prevalece en algunos sectores de la población.
Una democracia tensionada, ¿derrotada?
A pesar de los riesgos y la volatilidad, expertos como Montes sostienen que Estados Unidos aún no ha cruzado la línea hacia una autocracia completa.
La estructura federal, la existencia de instituciones independientes y ciertos contrapesos legislativos aún funcionan como barreras importantes.
“No estamos diciendo que la democracia ha muerto. Pero sí que estamos en un punto de inflexión en el que, si no se refuerzan las normas constitucionales, el rumbo autoritario podría consolidarse”, aclaró Montes.
Este punto de inflexión no es meramente retórico, ya que las tensiones actuales, desde la política exterior agresiva hasta la politización de la justicia y el debilitamiento del Congreso, son señales de advertencia de que una democracia sólida, incluso en una superpotencia, puede ser vulnerable cuando los controles y contrapesos no se respetan.
Los hitos ocurridos en menos de un año, la intervención en Venezuela, la crisis de Groenlandia, la imposición de aranceles a aliados, la erosión de normas internas y la respuesta internacional, han cambiado radicalmente la percepción del país en el marco global.
