Por Redacción
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Cuba atraviesa una de las peores crisis energéticas de los últimos años. Desde diciembre, la isla no recibe suministros regulares de combustible, una escasez que ha desatado apagones masivos, colapsado el transporte y empujado a millones de personas a un estado de agotamiento físico y emocional. Mientras el Gobierno pide “sacrificio” y “creatividad”, los cubanos lidian con largas colas, ciudades a oscuras y una economía doméstica al límite.
La falta de gasolina y diésel ha afectado casi todos los aspectos de la vida cotidiana. En La Habana, taxistas pasan hasta 15 horas —y en algunos casos más de un día entero— esperando para comprar una cantidad limitada de combustible, ahora vendida únicamente en dólares en las estaciones estatales. El racionamiento permite adquirir solo 40 litros por vehículo, una cifra insuficiente para quienes dependen del automóvil como fuente de ingresos.
Andy, un joven taxista habanero, resume la rutina que se ha vuelto habitual: dedicar un día completo a hacer fila para poder trabajar algunos días más. “Escuchas discursos, pero al final sigues con más dudas que respuestas”, comenta tras seguir por radio una reciente comparecencia del presidente Miguel Díaz-Canel.
El mandatario reconoció públicamente que el país no ha recibido combustible desde finales de 2025 y admitió que será necesario reajustar el consumo interno, promover el ahorro energético y modificar la distribución de productos básicos. Sin embargo, evitó detallar medidas concretas y volvió a apelar a la resistencia de la población frente a lo que describió como una “asfixia económica” impulsada desde Estados Unidos.
Apagones, transporte paralizado y una población exhausta
La crisis energética se manifiesta de forma cruda en los apagones. En amplias zonas del país, los cortes eléctricos superan las 12 horas diarias. Incluso en La Habana, considerada una de las áreas “menos afectadas”, barrios enteros quedan a oscuras durante gran parte del día. En el oriente de la isla, algunos residentes reportan apenas seis horas de electricidad repartidas entre la mañana y la tarde.
Los apagones no solo impiden el funcionamiento de electrodomésticos o el acceso a la información. También paralizan servicios esenciales, afectan la conservación de alimentos y agravan la sensación de precariedad. “Tener la televisión encendida durante un discurso oficial se volvió casi un privilegio”, ironizaban usuarios en redes sociales y grupos de mensajería durante la última comparecencia presidencial.
El transporte público urbano ha sido uno de los sectores más golpeados. Autobuses fuera de servicio, rutas suspendidas y una dependencia creciente del transporte privado han disparado los costos de movilidad. Amelia, trabajadora que vive al este de La Habana, gasta más de 1.000 pesos cubanos diarios para recorrer apenas 10 kilómetros. Su salario mensual ronda los 5.000 pesos.
“No hay forma de sostener esto”, dice.
La situación se agrava por el aumento de precios en el mercado informal. Cuando no hay combustible en las gasolineras, el litro de gasolina puede costar hasta 1.000 pesos en el mercado negro, el doble del precio oficial. Para muchos choferes, trabajar ya no es rentable.
Un conductor de una plataforma privada de transporte cuenta que lleva varios días esperando diésel en un servicentro de Miramar. “Si no aparece pronto, tendré que guardar el carro”, dice, consciente de que sin vehículo se queda sin ingresos.
Incertidumbre y miedo ante lo que viene
Más allá de las cifras, la crisis ha instalado un clima de ansiedad colectiva. Universidades y centros educativos han reducido la presencialidad ante la falta de transporte y electricidad. Algunas instituciones han suspendido actividades académicas y eventos.
Una estudiante de Psicología en La Habana describe el ambiente como “apocalíptico”. Habla de temor al futuro, de inseguridad y de una tensión creciente entre la población. “Siento que los discursos son solo el anuncio de algo peor”, dice, pidiendo no ser identificada.
En los hogares, muchas personas han comenzado a almacenar alimentos no perecederos, agua y carbón ante el temor de que la situación empeore en las próximas semanas. “No sabemos qué va a pasar en marzo”, comenta una diseñadora gráfica del Vedado que ha optado por aprovisionarse poco a poco.
El Gobierno insiste en que las medidas serán temporales y que se trabaja para normalizar el suministro, pero la falta de información concreta alimenta el escepticismo. Para muchos cubanos, el discurso oficial repite patrones conocidos, similares a los del llamado “Período Especial” de los años noventa, cuando la caída de la Unión Soviética dejó a la isla sumida en una profunda crisis.
La desconfianza también se refleja en las conversaciones cotidianas. En taxis, colas y hogares, el tema dominante es el combustible, los apagones y la sensación de estar atrapados en un ciclo que se repite sin soluciones estructurales.
Mientras tanto, la vida sigue en modo de resistencia. Trabajar, trasladarse, estudiar o simplemente conservar alimentos se ha convertido en un desafío diario. Para muchos, la pregunta ya no es cuándo mejorará la situación, sino cuánto más podrá aguantar la población antes de que el desgaste social sea irreversible.
