Hollywood guarda silencio mientras la televisión confronta a Trump en su primer año de regreso al poder

Por Redacción
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La escena quedó expuesta con claridad durante la más reciente ceremonia de los Globos de Oro, tradicionalmente uno de los primeros grandes eventos de la temporada de premios. En un contexto marcado por tensiones políticas, operativos migratorios, conflictos internacionales y protestas internas, la gala transcurrió con una prudencia inusual. La presentadora Nikki Glaser evitó referencias directas al presidente y a la situación política nacional, una decisión que sorprendió tanto por el momento histórico como por el perfil crítico que suele acompañar a este tipo de eventos.


El silencio no fue casual ni improvisado. En entrevistas posteriores, la propia Glaser reconoció que había preparado material relacionado con temas sensibles como la inmigración y el papel del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), pero decidió descartarlo al considerar que el tono no era el adecuado. La conclusión fue compartida por asesores cercanos y figuras veteranas del espectáculo: mencionar directamente al presidente implicaba riesgos que muchos prefirieron evitar.


La autocontención observada en los Globos de Oro no fue un hecho aislado. En galas anteriores, incluidos los Premios Oscar del año previo, el nombre de Trump apenas fue mencionado, pese a que varias de las producciones nominadas abordaban temas como redadas migratorias, abusos de poder y tensiones sociales. La industria cinematográfica, históricamente asociada a posturas liberales y discursos de denuncia, parece haber adoptado una estrategia de bajo perfil en esta nueva etapa política.


Expertos en medios y cultura popular señalan que la relación entre Hollywood y la política estadounidense nunca ha sido lineal. A lo largo del último siglo, actores, directores y productores han alternado entre el activismo abierto y la discreción estratégica, dependiendo del clima político y de los riesgos profesionales involucrados.


Matthew MacAllister, profesor de comunicación y especialista en cultura popular en la Universidad Estatal de Pensilvania, explica que la prudencia actual responde a una combinación de factores.


El segundo mandato de Trump ha intensificado ese temor, según analistas. A diferencia de otros periodos, el presidente ha mantenido una retórica abiertamente hostil hacia la industria del entretenimiento, a la que acusa de promover agendas ideológicas contrarias a sus políticas. En ese contexto, muchas figuras optan por expresar sus posiciones fuera de los escenarios más visibles o limitarse a comunicados colectivos y firmas de cartas abiertas.


Algunas excepciones confirman la regla. Actores con carreras consolidadas y menor dependencia de grandes estudios —como Mark Ruffalo o George Clooney— han hablado públicamente sobre temas como la inmigración, la política exterior y los derechos civiles. Sin embargo, incluso ellos han elegido con cuidado los espacios y momentos para hacerlo, priorizando entrevistas y alfombras rojas antes que discursos durante las ceremonias.


La diferencia generacional también pesa. Intérpretes jóvenes o en ascenso suelen evitar posicionamientos políticos claros por temor a afectar su futuro profesional. En un contexto de fusiones empresariales, reestructuraciones en los estudios y mayor concentración del poder mediático, el margen de maniobra se reduce aún más.


Mientras Hollywood guarda silencio, la televisión ha asumido un rol más confrontativo. Programas de sátira política y comedia nocturna se han convertido en plataformas clave de crítica al gobierno, retomando una tradición que se remonta a décadas atrás, pero que hoy adquiere una intensidad renovada.


Series animadas como South Park han recurrido a la provocación extrema para retratar al presidente y a su entorno, generando reacciones inmediatas desde la Casa Blanca. Aunque el gobierno ha desestimado públicamente la relevancia del programa, las respuestas oficiales evidencian que el mensaje no pasa desapercibido.


En paralelo, los presentadores de late night han endurecido su discurso. Stephen Colbert, Jimmy Kimmel, Jon Stewart y Seth Meyers han dedicado monólogos completos a cuestionar decisiones presidenciales, ataques a la prensa y el uso de agencias federales con fines políticos. En algunos casos, estas críticas coincidieron con intentos de cancelación o presión sobre los programas, lo que terminó amplificando su impacto y audiencia.


Analistas señalan que la televisión cuenta con una ventaja estructural frente al cine: su inmediatez. Mientras una película puede tardar años en producirse y estrenarse, los programas televisivos reaccionan semana a semana, incluso noche a noche, al clima político. Esa rapidez les permite marcar agenda y conectar con audiencias que buscan interpretación y contexto en tiempo real.


Paradójicamente, los intentos de frenar o desacreditar estas voces han tenido un efecto contrario. Las audiencias de varios programas aumentaron tras los episodios más polémicos, y los presentadores reforzaron su imagen como referentes de la crítica política en el ámbito cultural.


Para MacAllister, esta diferencia no implica que Hollywood haya abandonado por completo el debate público. “El cine sigue abordando temas políticos, pero lo hace de manera indirecta, a través de historias, metáforas y contextos históricos”, explica. “La televisión, en cambio, confronta de frente y asume el costo”.


A medida que el segundo mandato de Trump avanza, la tensión entre silencio y confrontación parece consolidarse como una de las características centrales del panorama cultural estadounidense. Hollywood observa, calcula y espera. La televisión, en cambio, habla, satiriza y responde. La pregunta es cuánto tiempo podrá sostenerse ese equilibrio sin que las dos esferas vuelvan a cruzarse de manera abierta.