“Coyote vs. Acme” lleva al eterno perseguidor del Correcaminos de las carreteras del desierto a un tribunal. No pretende reinventar el cine: quiere recuperar la velocidad, el absurdo y la anarquía de los Looney Tunes. Y, vista desde ahí, resulta mucho más fácil entrar en su juego.
Por El Latino Newsroom
Durante décadas, Wile E. Coyote compró cohetes, resortes, catapultas, explosivos y toda clase de artilugios ACME sin detenerse demasiado a considerar que quizá el problema no era únicamente su mala suerte.
Coyote vs. Acme parte de una pregunta bastante razonable dentro de un universo completamente absurdo: ¿qué ocurriría si finalmente demandara al fabricante?
Esa es la broma central de la película de Dave Green, y también la mejor manera de aproximarse a ella.
No estamos ante una reinvención solemne de los Looney Tunes ni tendría sentido pedirle que lo fuera.

Es una comedia construida sobre la lógica de aquellas caricaturas: violencia imposible, física opcional, personajes obstinados y artefactos que inevitablemente terminan explotándole a alguien en la cara.
Lo interesante es que la película consigue estirar esa vieja broma hasta convertirla en una historia de 90 minutos sin despojar al Coyote de aquello que lo hizo divertido en primer lugar.
Generaciones enteras lo han visto caer desde precipicios, ser aplastado por rocas, recibir explosivos en el rostro y convertirse en víctima de artefactos comprados a una compañía que aparentemente nunca conoció el significado de la palabra “garantía”.
La película de Green mezcla animación y acción real y convierte esa premisa deliciosamente absurda en una comedia judicial protagonizada por Will Forte, Lana Condor y John Cena, con Eric Bauza dando voz al Coyote y a otros personajes de Looney Tunes.
Su punto de partida proviene de una pieza satírica que Ian Frazier publicó en The New Yorker, y conviene entender desde el principio qué clase de película estamos viendo.
Esto es Looney Tunes.
No estamos esperando que Daniel Day-Lewis aparezca para pronunciar un monólogo sobre la naturaleza de la justicia, ni que Al Pacino golpee la mesa durante el alegato final.
Estamos hablando de un universo donde un coyote puede ordenar un cohete por correo, pintarse un túnel sobre una montaña y descubrir segundos después que las leyes de la física tienen un peculiar sentido del humor.
La película abraza la lógica de los cortos animados clásicos y la traslada a una estructura cinematográfica contemporánea.
El humor físico sigue siendo esencial: golpes, explosiones, persecuciones, máquinas imposibles y planes destinados al desastre.
No todos los chistes aterrizan con la misma precisión y la combinación entre actores y personajes animados ocasionalmente deja ver sus costuras.
Pero exigir perfección dramática a una película de Looney Tunes sería perder de vista buena parte de su encanto, ese personaje que nunca se rinde.
Es así como lo más interesante es que detrás del caos permanece intacta la característica que hizo memorable al Coyote: su obstinación.
El Correcaminos puede ser más rápido.
La ACME puede venderle otro aparato destinado a explotar, la gravedad puede esperar pacientemente a que mire hacia abajo antes de hacerlo caer, pero el Coyote vuelve a intentarlo.
Esa perseverancia le proporciona a la película una inesperada dosis de afecto.
El personaje que durante décadas fue el arquitecto de su propia desgracia recibe finalmente la oportunidad de preguntarse si quizá toda aquella destrucción no fue exclusivamente culpa suya.
John Cena encaja particularmente bien dentro de ese mundo exagerado.
Forte, por su parte, funciona como el puente humano hacia un protagonista cuya personalidad depende mucho más de expresiones, carteles y catástrofes que de largos diálogos.

La película que ACME, perdón, Warner no quería que viéramos da a la cinta una extraordinaria historia de su supervivencia.
Y es que Warner Brothers decidió archivarla cuando ya estaba terminada, pese a que había obtenido buenos resultados en proyecciones de prueba.
El estudio consideró que resultaba económicamente preferible asumir una cancelación contable sobre una producción de aproximadamente $70 millones de dólares que afrontar otros $30 ó $40 millones en gastos estimados de lanzamiento y mercadotecnia.
La decisión provocó una reacción poco habitual en Hollywood.
Cineastas, actores y aficionados reclamaron públicamente que la película pudiera verse.
Finalmente Warner Bros. la puso a la venta y Ketchup Entertainment la adquirió por unos $50 millones de dólares.
La ironía resulta irresistible.
Una película sobre un pequeño personaje enfrentándose a una gigantesca corporación terminó convirtiéndose, fuera de la pantalla, en una película pequeña enfrentándose a una gigantesca corporación.
El propio Green reconoció que esa coincidencia cambió la manera en que terminó percibiendo su obra.
Después de tres años convertida en símbolo de las tensiones entre creatividad y contabilidad en Hollywood, Coyote vs. Acme llega cargando una importancia que nunca pidió tener.
Así, y después de sobrevivir dinamita, yunques, precipicios y cohetes ACME, el Coyote sobrevivió incluso a que un estudio intentara guardar su película para siempre, y por lo menos, por una vez, vale la pena dejarlo ganar.
