Cerca de 300 trabajadores de SoCal Berry, consiguieron representación de la United Farm Workers tras más de año y medio de organización.
Por Carlos Hernández
redaccion@latinocc.com
Más de un cuarto de siglo después de la última sindicalización en los campos de cultivo de Oxnard, trabajadores agrícolas están en camino de lograr un contrato que les garantice mejores condiciones laborales y algo que consideran igualmente fundamental: ser tratados con dignidad.
Así y desde el 1º de enero de 2025 la campaña de recolección de firmas avanzó como pudo entre el polvo, el lodo y bajo el intenso sol de los campos de la compañía SoCal Berry de Oxnard, con una discreción impuesta por el miedo.
Había que hablar con los compañeros, explicarles qué significaba organizarse y reunir el respaldo suficiente para formar un sindicato, pero también convencer a trabajadores que habían aprendido que levantar la voz podía significar no volver la siguiente temporada.
La ardua campaña de aproximadamente 300 empleados de SoCal Berry logró su tan anhelado objetivo el pasado 16 de julio cuando pudieron forzar, con sus firmas y sus votos, el reconocimiento legal de un sindicato.
Flor fue una de ellas, y a quien por razones de anonimato se reservará su apellido, asegura que parte de la Unión o Sindicato no le hacen pensar en querer ganar más, ni por las prestaciones que espera conseguir.
“Para mí, pues me siento más protegida porque, ah, sé que hay alguien que me defiende y que ahora se respetarán nuestros derechos básicos y laborales, es una cuestión de dignidad”, explica.
Para Francisco Pánfilo, organizador de la Unión de Campesinos (United Farm Workers, UFW), que acompañó el proceso desde el principio, la cifra no es un simple dato histórico, sino la medida exacta de cuánto tiempo llevaban esperando los trabajadores del condado.
«Hace casi 27 años de aquí en el condado de Ventura no hemos tenido ni una, una sólo certificación sindical desde el año 2000», dijo el organizador en entrevista con El Latino.
La última data de mayo de 2000, cuando la UFW consiguió representar a trabajadores de Coastal Berry en Oxnard después de una prolongada disputa laboral.
EL MIEDO DE NO VOLVER
Pánfilo conoce desde dentro lo que puede significar reclamar mejores condiciones en el campo.
Cuenta que después de pedir un aumento y defender a otros empleados terminó fuera de las listas de quienes eran llamados nuevamente al comenzar otra temporada.
Algunos de sus colegas, asegura, corrieron la misma suerte.
“Los rancheros intimidaban a la gente. Si lo hicieran, ah, va a haber despidos, va a haber represalias”, explicó.
En una industria marcada por temporadas y cuadrillas, explica, no siempre hacía falta despedir a alguien en ese momento.
Una forma mucho menos visible de castigo era simplemente no llamarlo cuando hubiera trabajo otra vez.
Ese temor acompañó también la campaña de los empleados de SoCal Berry.
Así, los organizadores tuvieron que acercarse a personas preocupadas por perder jornadas, quedar excluidas de temporadas posteriores, o incluso por la posibilidad de que la empresa cerrara si prosperaba la sindicalización, como la compañía misma les había dicho.
Un cambio, sin embargo, en 2022, en la legislación de California facilitó el proceso.
Las leyes actuales aprobadas permitieron acreditar ante la Junta de Relaciones Laborales Agrícolas de California (ALRB), el respaldo de entre el 55% y el 60% de los trabajadores de la empresa, mediante tarjetas de autorización que ahora mantienen la confidencialidad de los votantes para evitar intimidación laboral.
Es así como Pánfilo asegura que gran parte de las razones para organizarse, estaban en las condiciones de trabajo.
“Hubo mucho robo de sueldo, hubo salarios que estaban siendo recortados”, afirmó.
CUANDO EL CUERPO YA NO ALCANZA

Flor ha visto muchas injusticias laborales con compañeros, sobre todo cuando los años comienzan a cobrarle al cuerpo una factura que las exigencias de producción no reconocen.
Habla de mujeres cercanas a los 60 años tratando de cumplir metas similares a las de trabajadores considerablemente más jóvenes, de empleados experimentados que un día descubren que producir menos puede convertirlos en prescindibles.
De personas que se lesionan y ya no pueden agacharse o moverse con la misma rapidez y por ende cumplir con las cuotas de producción que cada vez son mayores.
“Eres humano y no te deberían de tratar como si fueras, un objeto que pueden usar y cuando ya no les sirvas, te tiren”, dijo la trabajadora.
La presión también aparece en el pago por pieza.
Flor asegura que antes, completar alrededor de cuatro cajas permitía que el trabajo por contrato mejorara de manera apreciable el ingreso, mientras que ahora deben alcanzar alrededor de ocho por hora.
Al mismo tiempo, sostiene que el precio pagado por caja lleva entre dos y tres años prácticamente sin ser aumentado.
“Todo está subiendo, pero el salario del campesino, de las piezas, sigue siempre estando igual y eso no es gusto, sobre todo ahora con lo caro que esta todo”, explicó.
Los trabajadores contrastan ese estancamiento con el crecimiento que aseguran haber visto en SoCal Berry.
Flor recuerda que la compañía operaba un solo rancho hace aproximadamente una década y que después amplió sus operaciones hasta ahora ser propietaria de seis campos en Oxnard y Port Hueneme.
“Si es que no le saliera al ranchero, ¿por qué se está extendiendo más?”, preguntó. “¿Y por qué el sueldo del campesino no…?”, cuestionó.
EL OTRO TRABAJADOR
En las conversaciones que llevaron a la sindicalización apareció también un asunto que afecta la industria agrícola de California: las visas H-2A.
El programa permite a productores agrícolas contratar temporalmente trabajadores extranjeros bajo determinadas condiciones.
Pánfilo acotó que SoCal Berry ha recurrido anteriormente a esa fuerza laboral y que los organizadores esperan que vuelva a hacerlo en 2027.
Entre algunos empleados locales existe el temor de que trabajadores establecidos durante años en Oxnard puedan terminar desplazados por mano de obra temporal.
Flor, sin embargo, no habla de quienes llegan con visas H-2A como adversarios, ya que conoce personas que vienen desde México mediante el programa, y considera que muchas veces se encontran en una posición todavía más vulnerable.
“Los tratan como si fueran animales porque les exigen de más y desde que salen ellos de México, ellos miran su rendimiento y quien no alcanza las expectativas corre el riesgo de que para el otro año ellos ya no vienen”.
Es por ello, que la UFW sostiene que la respuesta no consiste en enfrentar a unos trabajadores con otros.
Sus representantes afirman que los derechos laborales y la posibilidad de representación corresponden también a quienes llegan mediante la via H-2A, así, advierten que la vulnerabilidad de una parte de la fuerza laboral puede terminar debilitando las condiciones del resto.
CUESTION DE DIGNIDAD

Detrás de esas cifras y esas cuotas, indicó Flor, hay algo que rara vez se menciona en las discusiones sobre salarios: el tiempo que el trabajo en el campo les roba a las familias.
Fue el único momento de la entrevista en que la voz se le quebró, y con los ojos llenos de lágrimas, habló desde el alma, como si cada frase le costara.
«Nosotros no tenemos derecho de llevar a nuestros niños a la escuela. Nosotros no tenemos derecho de ver a nuestros niños que se gradúen. No podemos estar en un día especial con ellos, un día de picnic. No podemos convivir con ellos…”.
No hablaba en abstracto: hablaba como madre donde lo peor es un trato laboral sin dignidad.
«Si faltas porque tu hijo se gradúa, porque va a su primer día de clases o porque está enfermo, tienes que llevar una nota del doctor. Y muchas veces, si no lo llevaste al médico porque solo le compraste un Tylenol…», fue en esta última frase donde la voz terminó por quebrársele.
«Es humillante, porque no confían en ti y eso es lo que nos exigen”, compartió con frustración y lágrimas.
Para Flor, la dignidad no es un concepto abstracto sino una condición básica que hasta ahora se les había sido negada.
«Somos humanos y no deberían de tratar nos como si fuéramos un objeto que pueden usar y cuando ya no les sirva, lo tiren. Pues que somos humanos y tenemos derechos”, afirmó.
También indicó que al estar protegida ahora podrán disfrutar de más tiempo con sus hijos y hacer de ellos mejores personas.
“Si se le dedicas tiempo a los hijos, se están criando personas que van a ser algo grande. Y si se descuida a los hijos por el trabajo por el patrón, por temor a que un día nos puede desechar, es que muchos de nuestros niños caen en pandillas, caen en las calles”, confesó con la voz quebrada.
LO QUE SIGUE
Los aproximadamente 300 empleados de SoCal Berry representan solo una fracción de los 8,000 trabajadores agrícolas de Oxnard, Port Hueneme y Camarillo.
Pánfilo insiste en que lo logrado el 16 de julio es apenas el primer paso, ya que la certificación si bien fue una victoria, no concedió automáticamente aumentos, vacaciones, permisos pagados, ni las demás protecciones que reclaman los trabajadores.
Lo que si asegura es abrir la puerta a negociar el primer contrato colectivo de la historia de SoCal Berry, que establezca salarios justos, tarifas por pieza, antigüedad, prestaciones, condiciones laborales y mecanismos para disputar decisiones que los trabajadores consideren injustas.
«La manera de asegurarse que esas victorias se hagan permanentes y se puedan defender en los años que vengan es asegurándose de tener estos contratos de Unión. Nosotros siempre decimos que si te tratan bien o mal no debería depender de si el ranchero es muy buena persona o no», explicó.
Y es que para el organizador, tener un sindicato detrás cambia por completo la posición de un trabajador frente a su empleador.
«Cualquier tipo de caso en este país se necesita a alguien que los represente y la Unión de Campesinos representa a la gente campesina de Oxnard, desde ahora hay expertos que defenderán los derechos laborales», dijo.
Así, la relación entre esos trabajadores y la SoCal Berry ya no es la misma y Flor lo tiene muy presente.
“Tener un sindicato es mucho mejor porque es como tener un abogado, ya no estamos solos”, finalizó Flor.
