Por El Latino Newsroom
En el inicio de los tiempos, cuando los dioses caminaban junto a los primeros humanos, ocurrió uno de los acontecimientos más extraordinarios de la antigüedad, uno que cambiaría para siempre la historia de la humanidad.
En aquellos días, el cielo nocturno era muy diferente al que conocemos actualmente. Cuando el sol se ocultaba, una oscuridad absoluta se apoderaba de la Tierra.
El cielo era completamente negro y los animales y espíritus nocturnos salían para atormentar y cazar a los seres humanos.
Por esa razón, nuestros ancestros tenían que refugiarse en las cavernas, rodeados apenas por la luz de una pequeña fogata.
Todo cambió un día, cuando un curioso y valiente Coyote deambulaba cerca de la montaña sagrada donde vivían los dioses antiguos.
Allí, la noche era diferente.
En la cima de la montaña, la oscuridad no existía, pues el dios negro, Hastsezini, poseía un costal mágico en el que mantenía prisioneras a millones de estrellas y a la Luna.
Cuando caía la noche, los dioses antiguos subían hasta lo alto de la montaña y sacaban vasijas repletas de pulque para brindar alrededor de la fogata creada por el poderoso Hastsezini.
Lleno de arrogancia, el dios extraía de su costal unas cuantas estrellas y las colocaba en el cielo para iluminar únicamente el lugar donde celebraban.
Una noche, oculto entre las sombras, el Coyote fue testigo del poder de Hastsezini. Pero también sintió coraje al descubrir el egoísmo de aquel ser poderoso que se negaba a compartir la luz nocturna con los demás seres vivos.
El Coyote pensó que las estrellas debían pertenecer a todos.
A partir de entonces, comenzó a subir en secreto hasta la cima de la montaña, observando a los dioses y buscando la manera de apoderarse del costal.
Pero una noche fue descubierto.
Enfurecidos por el atrevimiento del animal, los dioses lo capturaron y lo golpearon salvajemente.
Lo tomaron de las patas y lo estrellaron una y otra vez contra una enorme roca.
Cuando el Coyote dejó de moverse, lo dieron por muerto y lo arrojaron junto a la fogata, con la intención de cocinarlo a la mañana siguiente.
Sin mostrar remordimiento, los dioses continuaron con su fiesta.
Aquella noche, sin embargo, bebieron más de la cuenta.
Embriagados por el pulque y agotados por la celebración, terminaron quedándose dormidos durante la madrugada.
Era la oportunidad que el moribundo Coyote había esperado, y con su último aliento, sacó fuerzas de donde ya no parecía haberlas y consiguió ponerse de pie.
Con el hocico ensangrentado, mordió el costal de las estrellas e intentó llevárselo, pero estaba demasiado herido para cargarlo, así que comenzó a arrastrarlo montaña abajo.
Durante su huida, el Coyote no advirtió que las filosas piedras habían rasgado el costal.
Por las pequeñas aberturas comenzaron a escapar las estrellas, una tras otra.
Libres al fin, se elevaron hacia el cielo y fueron ocupando distintos lugares en el inmenso manto nocturno.
Cuando Hastsezini despertó y contempló el firmamento cubierto de estrellas, estalló de furia.
Siguió el rastro dejado por el Coyote hasta encontrarlo al pie de la montaña, exhausto y malherido, junto a las hilachas de lo que alguna vez había sido el costal mágico.
Las estrellas eran libres, ya no había manera de encerrarlas nuevamente.
Hastsezini, fuera de sí, se dispuso entonces a terminar lo que había comenzado y matar definitivamente al Coyote.
Pero antes de que pudiera hacerlo, un poderoso rayo cayó del cielo.
Era el Gran Espíritu, el ser más poderoso del universo, que descendía para impedir aquella injusticia, y le recriminó a Hastsezini por su egoísmo y lo condenó a permanecer en la oscuridad del abismo por toda la eternidad.
Después contempló al Coyote.
Como recompensa por su valentía, el Gran Espíritu lo convirtió en la estrella más brillante del firmamento, para que cada noche todos los seres vivos pudieran contemplarlo y recordar su sacrificio.
Por eso, cuando cae la noche y los coyotes levantan la mirada hacia las estrellas, aúllan, no lo hacen por tristeza.
Es su manera de mirar al cielo y decir gracias al ancestro que entregó su vida para que los demás
