Amina Helmi: “En 20 años sabremos si estamos solos o no en el universo”

​Por El Latino Newsroom

En la oscuridad del paisaje rural, maravillada ante la inmensidad del cosmos y por la posibilidad de comprender los fenómenos astronómicos desde la Tierra, nació la vocación de quien hoy se sitúa como una de las investigadoras más influyentes a nivel internacional en el ámbito de la astrofísica contemporánea.

​Helmi, nacida en la ciudad bonaerense de Bahía Blanca en 1970 en el seno de un hogar conformado por una madre holandesa y un padre egipcio docente de química del suelo, completó sus estudios universitarios en la Universidad Nacional de La Plata antes de emigrar en la década de 1990 a los Países Bajos. Desde su sede académica en el Instituto Astronómico Kapteyn de la Universidad de Groningen, la investigadora ha liderado hallazgos fundamentales sobre la estructura de la galaxia, hitos que recientemente le valieron el otorgamiento del prestigioso Premio Kavli de Astrofísica, distinción concedida por la Fundación Kavli junto a la Academia Noruega de Ciencias y Letras y el Ministerio de Educación e Investigación de Noruega.

​Los aportes científicos de la investigadora argentina permitieron resolver una de las grandes paradojas del modelo cosmológico tradicional, el cual sostenía que las galaxias crecen mediante fusiones sucesivas destruyendo la forma de sus discos. La astrofísica demostró que la Vía Láctea sobrevivió gracias a que su última gran fusión masiva, bautizada científicamente como Gaia-Enceladus, ocurrió hace aproximadamente 10.000 millones de años, abriendo desde entonces un periodo de estabilidad estructural que permitió el crecimiento continuo del disco galáctico actual.

​A diferencia de los enfoques tradicionales, su metodología de trabajo aplica los principios de la denominada «arqueología galáctica», analizando la posición y velocidad de los astros para reconstruir los eventos del pasado. «Las estrellas guardan memoria de dónde vienen. Por un lado, en sus movimientos: las estrellas que se formaron en la misma galaxia se mueven juntas en el espacio. Por otro lado, la composición química de su atmósfera refleja el ambiente donde se formaron», explicó Helmi al detallar el mecanismo mediante el cual se rastrea la huella de antiguas galaxias absorbidas por el sistema galáctico.

​Los cimientos del trabajo de investigación de Helmi se consolidaron hace más de dos décadas al identificar la denominara «corriente de Helmi», un grupo reducido de trece estrellas que se desplazaban de forma coordinada dentro de la Vía Láctea, evidenciando su origen externo a partir de un proceso de canibalización galáctica. En aquella época, los datos sobre la galaxia se limitaban principalmente a las inmediaciones del Sol, restringiendo el alcance de las observaciones científicas.

​El panorama de la astrofísica internacional cambió radicalmente con la puesta en marcha de la misión espacial Gaia de la Agencia Espacial Europea, lanzada al espacio en el año 2013. Los instrumentos analíticos de la sonda ampliaron en 100.000 veces el volumen galáctico observable, ofreciendo una perspectiva integral de la Vía Láctea equivalente a pasar de estudiar la historia de una ciudad a analizar la historia completa del planeta.

​»Al Sol lo vemos como era hace ocho minutos, porque está a 150 millones de kilómetros y la luz tarda ese tiempo en llegar. Cuanto más lejos te vas, más tarda la luz en llegar. Entonces, cuando observás galaxias muy distantes, en realidad estás mirando el pasado», indicó la investigadora al contrastar el análisis de galaxias lejanas con la observación directa de las estrellas fósiles situadas en la vecindad terrestre.

​Las herramientas cartográficas proporcionadas por la misión Gaia permitieron a los equipos multidisciplinarios de astrofísicos identificar restos adicionales de galaxias devoradas, confirmando que la acumulación de masa en el universo primigenio se dio principalmente mediante interacciones violentas entre sistemas estelares menores.

​Las proyecciones de la comunidad científica internacional están centradas en la construcción y puesta en marcha de instalaciones observacionales de vanguardia, como el Telescopio Extremadamente Grande (ELT, por sus siglas en inglés), actualmente en desarrollo técnico sobre el desierto de Atacama en Chile. Esta infraestructura óptica permitirá analizar estrellas individuales en galaxias lejanas e identificar la composición de sistemas planetarios fuera del sistema solar.

​El perfeccionamiento de estas tecnologías analíticas permitirá abordar una de las interrogantes más profundas de la ciencia moderna sobre la existencia de vida en otros rincones del cosmos. Según las estimaciones formuladas por Helmi, las herramientas actuales y los nuevos observatorios continentales ofrecerán respuestas concretas en un plazo estimado de dos a tres décadas. «Yo creo que de acá a 20 años vamos a saber si estamos solos o no en el universo. Tal vez, 30», señaló la astrónoma.

​La científica destacó que los estudios recientes han demostrado que la presencia de exoplanetas en torno a las estrellas es un fenómeno sumamente frecuente en el universo. No obstante, precisó que la presencia de biomasa o vida organizada requiere de condiciones climáticas y químicas de alta estabilidad, incluyendo la presencia de agua en estado líquido y rangos de temperatura moderados dentro de las zonas de habitabilidad.

​Helmi subrayó que los eventuales hallazgos de vida en exoplanetas distantes podrían corresponder a etapas de desarrollo evolutivo primario o geológico diferentes a las de la Tierra contemporánea, abriendo un nuevo capítulo en la astronomía observacional a medida que los supertelescopios de última generación comiencen sus operaciones regulares en la década venidera.