Por Luis A. Cervantes
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A finales de 1816, el acaudalado comerciante John Bell tuvo un altercado en la cantina de su pueblo.
La discusión subió de tono hasta convertirse en pelea.
Su rival sacó un enorme cuchillo y John, temiendo por su vida, desenfundó su arma.
Aunque el juez consideró el hecho como defensa propia, Bell decidió marcharse con su familia para evitar represalias.
El destino los llevó a Adams, Tennessee, una comunidad agrícola donde compró una granja con tierra fértil, ganado y cultivos prometedores.
La familia se adaptó rápidamente.
John prosperó, hizo amistades y parecía haber dejado atrás los problemas de su antiguo hogar. Sin embargo, durante una cacería descubrió una cabaña abandonada cerca del bosque, rodeada por unas 50 acres de terreno cubierto de maleza.
Esa noche preguntó en la cantina quién era dueño del lugar.
El cantinero bajó la voz y le advirtió que pertenecía a Kate Batts, una anciana solitaria a quien muchos consideraban peligrosa.
—Por tu bien, aléjate de esa mujer —le dijo—. La gente cuenta cosas muy malas sobre ella.
John ignoró la advertencia.
Al día siguiente visitó a Kate y le propuso cultivar sus tierras a cambio de entregarle la mitad de las ganancias.
La anciana aceptó.
La cosecha fue abundante, pero cuando llegó el momento de pagar, Bell afirmó que la producción había sido mala.
Kate lo acusó de mentir: había visto las mazorcas, las calabazas y la abundancia de los sembradíos.
John se burló.
Enfurecida, Kate le jaló el cabello.
Bell respondió empujándola con violencia y arrojándole unas monedas al suelo.
La mujer cayó y sufrió una herida en la cabeza que se infectó. Murió semanas después.
Antes de morir, Kate caminó hasta una cueva cercana.
Allí encendió seis velas rojas, recitó un antiguo conjuro y arrojó al fuego un mechón de cabello que había arrancado de John Bell.
Comienzan los sucesos paranormales
Al día siguiente de su entierro comenzaron los sucesos extraños.
John vio una criatura de pelo negro, cuerpo de perro y cabeza de conejo destruyendo sus cultivos.
Cuando intentó dispararle, el animal se desvaneció.
Drew, el hijo mayor, dijo haber visto un ave enorme y oscura llevarse una cabra entre sus garras.
Poco después, la casa comenzó a llenarse de ruidos: arañazos bajo las camas, golpes en las paredes, perros invisibles peleando en la sala y puertas que se abrían solas.
La situación se volvió más grave cuando Betsy, la hija menor, fue atacada por una fuerza invisible.
La abofeteó y la arrastró por las escaleras, dejándola herida y aterrorizada.
La señora Bell pidió ayuda al párroco local.
Llegó un exorcista, pero no pudo detener los fenómenos.
Después acudieron a un curandero indígena, quien tampoco logró romper la maldición.
Desesperada, la familia pidió a John abandonar la granja, pero él se negó.
—No será el fantasma de una vieja bruja quien me haga dejar mi hogar —dijo.
El regreso de la maldición
Días después enfermó de manera inexplicable.
Ningún médico pudo identificar la causa.
John Bell murió poco tiempo después.
Pero la muerte del comerciante no calmó al espíritu.
Las apariciones continuaron hasta que Drew, siguiendo una corazonada, acudió al cementerio, desenterró los restos de Kate Batts y los quemó.
Solo entonces cesaron los fenómenos.
Sin embargo, el día de la cremación llegó una carta al buzón de los Bell.
No tenía firma.
En ella podía leerse una sola advertencia:
—No canten victoria. Dentro de 120 años regresaré para atormentar a sus descendientes.
