Por El Latino Newsroom
En una colina ventosa en las afueras de Sderot, israelíes de diversas edades hacen cola frente a unos binoculares mecánicos de estilo turístico.
Apenas a unos cientos de metros, al otro lado de la frontera militarizada, se divisa la localidad gazatí de Beit Hanoun. Lo que alguna vez fue un panorama urbano denso es hoy un paisaje desolado de estructuras colapsadas que se inclinan entre los escombros como dientes rotos. El único movimiento visible en el horizonte es la densa polvareda que levantan los vehículos del ejército israelí al desplazarse por el terreno hostil.
Uno a uno, los visitantes entrecierran los ojos, observan durante unos segundos el panorama de destrucción y hacen señas a sus acompañantes para que se acerquen a comprobar la escena. Este mirador se ha transformado en un punto de observación poco común donde los ciudadanos israelíes enfrentan de primera mano la realidad geográfica del territorio palestino adyacente. Para algunos de los presentes, la devastación del paisaje gazatí no genera conmiseración, sino una mezcla de alivio defensivo y celebración militar.
Un documental israelí estrenado recientemente capturó a un observador en este mismo sitio exclamando con asombro: “Guau, hermosamente destruido”. Sentimientos similares se escuchan a diario en el lugar de boca de civiles que aún intentan procesar las secuelas del impacto psicológico y humano sufrido años atrás.
El ataque coordinado por milicianos encabezados por el grupo extremista Hamás el 7 de octubre de 2023 se cobró la vida de aproximadamente 1.200 personas en las comunidades agrícolas y urbanas del sur de Israel, mientras que otras 251 personas fueron secuestradas y arrastradas hacia el interior del enclave. A aquel episodio trágico le siguió una respuesta militar a gran escala y un prolongado conflicto bélico que devino, con el tiempo, en un frágil y tenso alto el fuego. A tres años del ataque inicial, las cicatrices sociales siguen estando abiertas en el territorio israelí. Un recorrido por las localidades del sur revela una dura realidad sociopolítica: para la mayoría de los residentes locales, la noción de coexistencia pacífica sigue estando distante y les resulta casi imposible percibir a la población palestina vecina como algo diferente de una amenaza directa a su supervivencia.
Las marcas indelebles de la memoria colectiva
El trayecto por la autopista principal que corre de forma paralela a la Franja de Gaza funciona como un memorial continuo al aire libre. Fue en esta vía rápida donde comandos armados acribillaron a decenas de civiles eufóricos que intentaban escapar a pie o en vehículos de un festival de música electrónica y de los kibutzim aledaños.
Hoy en día, la ruta está salpicada de pequeños monumentos improvisados, flores secas, banderas e imágenes conmemorativas instaladas por familiares y sobrevivientes. En un depósito cercano, cientos de automóviles particulares completamente calcinados, perforados por proyectiles de grueso calibre o aplastados por el impacto de granadas, yacen apilados en montañas mecánicas de hasta seis niveles de altura, dejados allí como testimonio mudo de la violencia armada.
A lo largo del camino también destacan las fotografías de jóvenes mujeres que se desempeñaban como observadoras militares del ejército de Israel en las bases de la frontera. Muchas de ellas perecieron durante las primeras horas de la incursión armada tras haber emitido reiteradas advertencias sobre movimientos inusuales de las milicias palestinas en las semanas previas, alertas que terminaron siendo ignoradas o subestimadas por los altos mandos del mando militar.
La huella del conflicto no solo se manifiesta en la infraestructura dañada o en los monumentos de piedra, sino también en las secuelas sensoriales de la población que decidió permanecer en la zona de conflicto. Las memorias del día del ataque continúan distorsionando la cotidianidad más elemental de los sobrevivientes.
Deganit Bar Hay, una residente de la zona fronteriza que presenció los eventos trágicos de aquella jornada, explicó cómo el trauma psicológico alteró por completo sus hábitos diarios. La mujer confesó que le resulta imposible asistir o realizar reuniones familiares al aire libre donde se preparen barbacoas, ya que el humo de la carne asada le provoca una reacción física y emocional inmediata.
“El olor a carne quemada es para mí, desde ese día, el olor del infierno”, afirmó Bar Hay al recordar las imágenes de las viviendas quemadas y los cuerpos calcinados que quedaron esparcidos por su vecindario durante las horas en que los milicianos mantuvieron el control de la zona.
Una brecha insuperable en la frontera sur
El panorama político y social en las comunidades adyacentes a Gaza refleja un endurecimiento de las posturas ciudadanas. Especialistas en psicología del trauma y analistas políticos coinciden en que la cercanía física entre ambas poblaciones, lejos de fomentar el entendimiento mutuo tras el cese del fuego, ha acentuado la polarización.
En los comedores comunitarios, centros urbanos y puntos de encuentro del sur israelí, el discurso predominante gira en torno a la seguridad nacional estricta y a la imposibilidad de reanudar lazos comerciales o laborales con la Franja de Gaza, donde miles de trabajadores palestinos cruzaban diariamente la frontera antes de la crisis de 2023.
Para la mayoría de los habitantes de Sderot y los kibutzim vecinos, el paisaje en ruinas que se observa desde los miradores turísticos no representa una tragedia humanitaria ajena, sino una garantía indispensable de contención militar. Mientras la polvareda sigue levantándose sobre Beit Hanoun y la reconstrucción en el enclave palestino avanza a un ritmo incierto, el abismo emocional entre ambas comunidades permanece tan profundo como en los días posteriores al ataque.
