Por Luis A. Cervantes
redaccion@latinocc.com
Enclavada en las entrañas del estado de Michoacán, existe una pequeña ciudad llena de tradición, folclor y misterio.
En sus calles y callejones se respira un aire de enigmático mestizaje, ya que, desde antes de la llegada de los españoles, aquel lugar ya estaba poblado por pueblos originarios purépechas.
Hace siglos, tribus nativas llegaron a establecerse ahí, atraídas por la belleza de la exuberante vegetación que crecía en las riberas del caudaloso río Cupatitzio, cuyo nombre, en lengua purépecha, significa “río que canta”.
Este río nace en un cristalino manantial ubicado en el corazón de la barranca.
Cuando l@s españoles conocieron este lugar quedaron maravillad@s y, sin pensarlo dos veces, fundaron la ciudad de Uruapan, la cual rápidamente prosperó hasta convertirse en una de las localidades más ricas de la Nueva España.
Sin embargo, a finales del siglo XVI, misteriosamente, el entorno completo de aquel valle empezó a deteriorarse.
De un día para otro, el caudaloso río se convirtió en un raquítico riachuelo, incapaz de mantener la biodiversidad de la barranca del Cupatitzio.
Desesperad@s por la situación, un grupo de pobladores recorrió el camino río arriba, hasta el manantial, para tratar de averiguar qué estaba ocurriendo.
Llen@s de sorpresa, encontraron que una enorme roca bloqueaba el nacimiento del agua.
De inmediato trataron de moverla, pero la piedra era demasiado pesada, así que regresaron a la ciudad para traer más gente y herramientas.
Cuando un grupo de 40 personas volvió al manantial, se encontró con la sorpresa de que la piedra ahora era aún más grande y pesada.
Desconcertad@s por lo que estaba pasando, empezaron a renegar de su mala suerte, pero de pronto, el cielo se oscureció, mientras un potente grito salió de una cueva cercana.
Acto seguido, una figura demoníaca montada sobre un bestial cocodrilo se presentó ante ellos y, con una voz aguardentosa, les dijo:
“Soy Agares, uno de los generales de los ejércitos del infierno. Construyan en este lugar un altar en mi honor, júrenme lealtad eterna y, a cambio, permitiré que el agua vuelva a correr”.
Aterrorizada por lo que sus ojos veían, la gente salió corriendo del lugar.
Enfurecido por el desaire, el demonio comenzó a perseguirlos y logró arrebatarles la vida a siete desafortunados pobladores.
Lo sucedido llegó a los oídos del fraile franciscano Fray Juan de San Miguel, quien no dudó en empuñar su rosario y, armado con una cruz bendita, subió esa misma tarde hasta el manantial.
Al llegar frente a la cueva, se arrodilló, elevó sus brazos al cielo y empezó a orar fervorosamente.
El malhumorado demonio no tardó en aparecer, tapándose los oídos, exigió a gritos al fraile que dejara de rezar, si en algo valoraba su vida.
Escudado en su fe, el valiente fraile lo confrontó y golpeó la quijada del demonio con la cruz que llevaba en sus manos.
Aturdido por el golpe, Agares cayó, dejando marcada su rodilla en una de las piedras.
Inmediatamente después, el demonio y la enorme roca se esfumaron en el aire, y el agua clara volvió a brotar del manantial.
Hasta hoy, el río sigue corriendo, y la piedra de la rodilla del diablo permanece ahí, como fiel testigo del día en que un hombre de fe venció a un agente del mal.
Si tú lo quieres comprobar, visita el Parque Nacional de Uruapan y verás que lo que aquí se contó forma parte de una de las leyendas más inquietantes de Michoacán.
