Por Luis A. Cervantes
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Hace varios siglos, en la región central del actual Honduras, donde hoy se encuentran los departamentos de Lempira, Intibucá, La Paz, Santa Bárbara, Comayagua, Francisco Morazán y Valle, se extendía el territorio dominado por la ancestral cultura lenca.
Los lencas eran un pueblo mesoamericano místico y misterioso.
Se decía que sus sumos sacerdotes poseían una sabiduría ancestral ligada a fuerzas sobrenaturales, poderes que habrían utilizado para castigar a los conquistadores que intentaron doblegarlos.
Las antiguas crónicas orales lencas cuentan la historia de un valiente líder llamado Comizahual, quien, al mando de apenas 38 guerreros, hizo frente a las tropas invasoras del sanguinario Pedro de Alvarado.
En más de una docena de enfrentamientos, Comizahual salió victorioso, sin embargo, su suerte cambió cuando llegaron nuevos refuerzos enviados por Hernán Cortés.
Ante la superioridad numérica de los invasores, los guerreros lencas tuvieron que replegarse y buscar refugio en las alturas de la montaña sagrada de Celaque.
Sediento de venganza, Pedro de Alvarado subió a la montaña con más de 300 soldados para aniquilar a la resistencia, pero, pese a la búsqueda, no logró encontrar el escondite de los rebeldes. Lleno de frustración y cólera, regresó a la planicie para poner en marcha un plan despiadado.
Alvarado ordenó a sus soldados atacar las aldeas lencas cercanas a la montaña. Según la leyenda, sus hombres cometieron abusos contra las mujeres y asesinaron a niños para obligar a Comizahual y a sus guerreros a salir de su refugio.
Sin dudarlo, los valientes nativos bajaron para enfrentar a los invasores. Durante varias horas lograron dar batalla, intercambiando 35 de sus vidas por la de un centenar de españoles.
Solo Comizahual y tres guerreros más lograron regresar, malheridos, a su escondite en la cima de la montaña.
Allí tomaron una decisión desesperada.
Encendieron una pequeña fogata y comenzaron a murmurar un antiguo ritual, invocando a los espíritus ancestrales Sequeguanes, quienes no tardaron en aparecer para ofrecerles una posibilidad de venganza a cambio de sus almas.
Los cuatro guerreros no dudaron.
Tomaron una afilada hoja de pedernal y se cortaron la palma de la mano, dejando caer su sangre sobre las llamas para sellar el pacto. Acto seguido, la pequeña fogata se convirtió en una enorme llamarada que envolvió sus cuerpos y los calcinó al instante.
Entonces se escuchó un grito espeluznante, una mezcla de aullido y rugido jamás oída, que retumbó por kilómetros a la redonda.
En el campamento invasor, la sangre se les heló a los soldados españoles. Nadie sabía qué clase de bestia era capaz de rugir de aquella manera.
Cuando cayó la noche, el grito comenzó a escucharse cada vez más cerca.
Aterrados, los soldados tomaron sus armas y formaron un círculo alrededor del campamento.
Pero de poco les sirvió. Una espesa niebla envolvió el lugar.
Los rugidos de cuatro criaturas furiosas se escuchaban por todos lados, apagando los gritos de dolor de los invasores, que uno a uno caían al suelo ensangrentados, con marcas de enormes uñas y dientes en el pecho.
Fue una noche interminable. Cuando apareció el sol, apenas una docena de españoles había sobrevivido a la masacre.
Estaban tan impactados y aterrados que no se detuvieron a enterrar a sus muertos. Tomaron las provisiones que pudieron y huyeron a toda prisa.
La noticia de lo ocurrido causó tanto terror que tuvieron que pasar más de 100 años para que un español se atreviera nuevamente a poner un pie en la región de Celaque. Y cuando regresaron, ya no llegaron en son de guerra, sino de amistad.
Desde entonces, en las noches calladas, cuando el viento sopla entre las montañas, algunos aseguran que aún se puede escuchar el rugido de los gritones.
Es una advertencia para todo aquel que se atreva a dañar a sus protegidos o al ecosistema sagrado de la montaña.
La leyenda dice que quien cometa ese error pagará un alto precio por su arrogancia.
Hasta el día de hoy, se habla de más de 50 casos de personas desaparecidas en la región bajo circunstancias extrañas.
Por eso, si algún día visitas Celaque, respeta la montaña, no hagas daño y no desafíes aquello que no puedes entender.
Porque, si escuchas el grito, quizá ya sea demasiado tarde.
