Por Luis A. Cervantes
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A finales de la década de 1920, una hermosa mujer llamada Benjamina le pidió a su entrañable amiga y, además, comadre, Melchora, que la acompañara a participar en la peregrinación anual a Talpa.
Viajaron en autobús desde su rancho natal, La Noria, hasta el poblado de Ameca, donde, en la madrugada del 4 de noviembre, se unieron a un par de cientos de personas para iniciar el recorrido de tres días hasta la Basílica de Nuestra Señora del Rosario de Talpa, en el municipio de Talpa de Allende, Jalisco.
Los dos primeros días de la caminata fueron agradables para las amigas. Además de cumplir con su fe religiosa, aprovecharon el tiempo para conocer nuevas amistades.
Todo parecía indicar que haber tomado la decisión de ir a la peregrinación había sido lo correcto.
Pero al atardecer del tercer día la buena vibra en el ambiente se desvaneció, después de que Benjamina, con aparente inocencia, le confesara a su amiga el motivo por el cual quería visitar a la Virgen de Talpa.
Le contó que necesitaba que la Virgen le hiciera el milagro de arrancarle del corazón un amor impuro.
Desconcertada por el comentario, Melchora empezó a “meter aguja para sacar hebra”. No dejó de preguntar hasta obtener la confesión completa de su comadre, quien, llena de vergüenza, aceptó que estaba engañando a su esposo con Vicente, el hijo de Don Fabián, quizá el hombre más apuesto del rancho, famoso por ser un verdadero donjuán.
Cuando Melchora escuchó el nombre de Vicente, sintió de inmediato un retorcijón en el estómago y un dolor en el pecho, como si el corazón se le partiera en dos.
Ella también sostenía una relación amorosa con el susodicho, quien, ladinamente, para conseguir acostarse con ella, la había hecho creer que era la única mujer en su vida.
Por más que lo intentó, Melchora no pudo disimular su frustración y su enojo.
En un arrebato de celos empezó a reclamarle a su comadre, diciéndole coscolina y mujer fácil; de adúltera no la bajaba.
Le reprochaba que se hubiera metido con Vicente, si sabía que a ella le gustaba.
Benjamina quedó desconcertada.
Trató de conservar la cordura, pero ante los insistentes ataques verbales de su comadre no resistió más y comenzó a contestarle también de mala manera.
En poco tiempo los reclamos subieron de tono. Llegaron los gritos y las maldiciones. Varios peregrinos intentaron apaciguar a las mujeres, pero ellas los ignoraron.
Los golpes, los arañones y los jalones de cabello no tardaron en aparecer.
A duras penas los presentes lograban separarlas, pero solo momentáneamente: en cuanto se descuidaban, las dos comadres volvían a buscarse para continuar la pelea.
Una anciana trató de detenerlas, pero, cegadas por la ira, las dos mujeres la empujaron.
La desafortunada cayó de espaldas por una pequeña ladera, se rompió el cuello y murió al instante.
Los presentes les exigieron que pararan, que su coraje ya había causado suficiente daño.
Melchora respondió: “Primero me convierto en piedra que dejar que esta hija de la tiznada me quite a mi hombre”.
Mientras Benjamina le contestó: “Yo no estoy manca, y hasta no verte muerta no pararé”.
Acto seguido, la tierra empezó a temblar.
Se abrió una pequeña grieta en el suelo, de donde salió una densa niebla oscura que envolvió a Benjamina y a Melchora.
Cuando la niebla se disipó, el único rastro que quedó de las comadres fue un par de rocas que aparecieron de la nada.
Si algún día participas en la peregrinación a Talpa, seguramente, al caminar, pasarás junto a esas rocas: recordatorio de que, si en tu corazón reina la maldad, tarde o temprano el castigo te encontrará.
