Por Luis A. Cervantes
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Durante los años 30, en el poblado jalisciense de Autlán de Navarro, vivía una jauría de astutos y malvados foragidos acostumbrados a ocultar su ruin naturaleza bajo piel de oveja.
Solían madrugar a la misa dominical de las ocho para tratar de acallar los gritos de su conciencia por quebrantar, una y otra vez, las leyes divinas.
No escatimaban en depositar billetes de alta denominación en la cesta de las limosnas, como si con ello pudieran comprar el perdón que sus actos les negaban.
Uno de ellos era el acaudalado terrateniente Vicente Velázquez, para él no existían límites.
En su mente retorcida, su riqueza le daba autorización para hacer lo que le viniera en gana.
Durante el verano de 1934, en busca de progreso, llegó a vivir al pueblo un joven llamado Felipe, de oficio carpintero, junto con su hermosa esposa, Lucía, y sus 2 adorables hijos, de 5 y 4 años.
Desafortunadamente para ellos, en cuestión de meses su sueño de salir adelante se transformó en una horrenda pesadilla.
El infame Vicente, en cuanto conoció a Lucía, decidió que aquella joven tenía que ser suya, sin importarle que fuera una mujer casada.
Cada vez que la encontraba en la calle, la acosaba diciéndole que no descansaría hasta tenerla en sus brazos.
Le prometía que sólo tenía que pedir lo que quisiera y de inmediato lo tendría.
Una y otra vez le repetía:
—Deja a ese pobretón. Hazme caso y serás mi casa chica. Conmigo lo que sobra es dinero. A ti y a tus hijos no les faltará nada.
Lucía lo ignoraba y caminaba lo más rápido que podía hacia su casa, asegurándose de limpiarse las lágrimas antes de llegar.
Ocultaba a su esposo lo que estaba sucediendo, temerosa de lo que pudiera pasarle si se atrevía a reclamarle al poderoso hacendado.
Hasta que una tarde, un embriagado Vicente excedió todos los límites.
Montado en su caballo, entró a la carpintería decidido a llevarse por la fuerza a Lucía.
Pero el valiente Felipe le dio la última lección de su vida, enseñándole las consecuencias de no respetar lo ajeno.
El joven carpintero resultó ser más hábil con las armas que su rival y, de un certero disparo, segó la vida del abusivo gañán.
Lamentablemente, con aquel hecho, el honrado carpintero firmó su sentencia de muerte.
Una turba iracunda, liderada por Hilario, Germán y Fabián, amigos incondicionales del difunto, se organizó para lincharlo.
Felipe, en un intento desesperado por salvar su vida, corrió hasta el río y se ocultó entre la espesura de la maleza y los juncos.
De manera insensata, la turba destruyó la carpintería y después prendió fuego a la maleza, obligando al joven a salir.
Sus explicaciones de haber actuado en defensa propia y sus súplicas de clemencia fueron ignoradas.
Sin juicio de por medio, ahí mismo dictaron sentencia, de tres tiros le arrebataron la vida, delante de su esposa y sus dos criaturas.
A los desalmados Hilario, Fabián y Germán no les bastó con asesinar a un inocente, concluyeron su cruel obra metiendo terrones de tierra en la boca de los pequeños para ahogar su llanto.
Esa misma noche, destrozada por dentro, Lucía tomó las pocas pertenencias que pudo y, temiendo por la vida de sus hijos, se marchó del pueblo en medio de la oscuridad.
A la mañana siguiente, las autoridades municipales voltearon hacia otra parte, cubriendo con el manto de la impunidad a aquella tercia de crueles cobardes.
Pasaron 16 años.
Hasta que una Semana Santa, dos jóvenes vaqueros tocaron a la puerta de la casa de don Hilario.
Su hija les dijo que su padre no estaba, que había ido al templo a los ejercicios cuaresmales, entonces los jóvenes, tranquilos, se sentaron en la banqueta de enfrente a esperar.
Una hora después, su paciencia rindió frutos.
Una pareja de adultos llegó a la casa, entonces, uno de los jóvenes se puso de pie y preguntó:
—Oiga, ¿usted es Hilario Bernal?
Al recibir una respuesta positiva, no dijeron nada más, desenfundaron sus pistolas y saldaron una vieja deuda.
Al enterarse de lo ocurrido, Fabián y Germán se atrincheraron cobardemente en sus casas, tratando de salvar el pellejo.
Pero el miedo los consumió rápidamente.
En menos de un mes, ambos murieron de ataques al corazón.
Así fue como, tarde o temprano, una vieja injusticia encontró su propia venganza.
