“Un poeta”: sátira amarga sobre el fracaso, el arte y la impostura cultural


Por Redacción
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En su sala, sobre la chimenea, cuelga la imagen de José Asunción Silva, poeta colombiano muerto a los 30 años, como si fuera un santo patrono de los talentos apagados demasiado pronto.


La película sugiere, con crueldad y humor, que a Oscar tal vez le habría ido mejor si también hubiera desaparecido joven: no por grande, sino porque la vida, con el paso de los años, le ha ido quitando cualquier posibilidad de mito.


Oscar ronda la mediana edad en Medellín y su presente es un inventario de derrotas: desempleado, divorciado, viviendo con su madre (Margarita Soto) y con una relación frágil con su hija adolescente (Alisson Correa).


Su problema no es que el mundo no lo entienda; es que él mismo se sabotea con una constancia casi artística.


Un amigo más exitoso, Efraín (Guillermo Cardona), lo define como “un problema caminante”.


Y para rematarle le dice, “Eres un poema. Uno bien triste”, la frase funciona como diagnóstico y como chiste de sala, porque la película está construida precisamente sobre esa cuerda floja: la del ridículo que duele.


Lo extraordinario de Ubeimar Ríos, actor no profesional, es que convierte a “Oscar” en una pieza de farsa perfecta sin volverlo caricatura.


Su mirada entrecerrada detrás de lentes gruesos, la espalda vencida y esos brazos que cuelgan como si pesaran más de la cuenta, componen un cuerpo derrotado que, sin embargo, insiste en hablar como si todavía estuviera destinado a algo grande.


Oscar puede estar a un paso de pedir limosna, en una visita rara a su hija, llega a pedirle prestados $10 dólares, y, en el siguiente momento, ponerse grandilocuente, micrófono en mano o trago encima, para predicar sobre el poder de la “poesía” como si estuviera en un congreso de iluminados.


Mesa Soto entiende que el delirio no está en que “Oscar” ame el arte, sino en que lo haga con una fe absoluta cuando su vida lo contradice a diario.


El golpe satírico se afila cuando Oscar consigue trabajo como profesor en una preparatoria.


Los alumnos se burlan, lo miden, lo empujan al papel de chiste; pero él se aferra a la idea de que todavía puede ser alguien si logra “descubrir” a un talento joven.
Así aparece Yurlady (Rebeca Andrade), una estudiante de voz suave a la que Oscar adjudica un potencial enorme.


Para él, ella es una posibilidad de redención: si no pudo ser poeta reconocido, al menos puede fabricar una poeta.


Y sin embargo, Yurlady no parece perseguir ninguna vocación literaria con hambre; su vida y su entorno se mueven por otras urgencias.


Ahí está el nervio incómodo del filme: “Oscar” necesita que ella sea poeta más de lo que ella lo necesita.


En su empeño por “mentorarla”, ‘Oscar’ la acerca a Poesía Viva, un taller de jóvenes escritores dirigido por Efraín, el foil perfecto: carismático, exitoso, con mañas, un hombre que sabe cómo se gana en el circuito cultural.


La película se vuelve más mordaz cuando Efraín, aplaudido por su escritura “social”, empuja a Yurlady a abandonar sus poemas simples, íntimos, “del corazón”, para fabricar textos sobre racismo o pobreza que seduzcan a jurados europeos de sensibilidad progresista.


Mesa Soto no se burla de los temas, sino de la economía moral que a veces los rodea: la idea de que la experiencia ajena, si se empaqueta bien, cotiza.


Ahí “Un poeta” deja de ser solo la historia de un perdedor encantador y se convierte en una alegoría sobre los mundos del arte: sus expectativas, sus modas, sus filtros ideológicos y sus puertas giratorias.


No es casual que la película haya pasado por Cannes y haya sido celebrada en Un Certain Regard: el propio filme parece consciente de la mirada internacional que suele pedirle a Latinoamérica cierto tipo de relato “exportable”.


Y Mesa Soto, en vez de entregar una postal de narcos o violencia como producto listo para consumo, propone una comedia amarga, medellinense, de neurosis y vanidad creativa; una especie de farsa a lo Woody Allen, pero con la mugre real del trópico urbano pegada a los zapatos.


La decisión formal acompaña la idea. Filmada en 16 mm, la imagen es granulada, áspera, con bordes sucios, como si la película misma llevara la ropa arrugada de Oscar.


Ese acabado no es un capricho nostálgico: refuerza la sensación de precariedad y, sobre todo, de humanidad imperfecta.


Lo notable es que, aunque el tono parezca suelto y hasta improvisado, la sátira es quirúrgica.